Martes 23 de Abril de 2019

diseñador:

Martín Lüttecke “Me gusta la ropa como un escape”

Luego de pasar por los talleres del diseñador francés Haider Ackermann en Amberes, este joven diseñador llega a Chile con una propuesta que promete renovar la escena local. “Puedes hacer tu fantasía, pero esto igual es un negocio”, dice.

Por Sofía Beuchat. Fotos: Sergio Alfonso López.

Cinco metros de tela por cada mes en práctica. Ese fue todo el pago que Martín Lüttecke —diseñador UC, 25 años— recibió durante el medio año que pasó en Amberes, en las oficinas del célebre diseñador Haider Ackermann. No es mucho, pero es importante: con esas lanillas floreadas, en tonos pastel, creó su actual colección, llamada —curiosamente— Pensamientos Violentos. Es quizás el último apelativo que uno imaginaría para sus vestidos, chaquetas y enteritos en tonos pastel, de clara inspiración sesentera, donde las flores —muy al estilo Mary Quant— son protagonistas.

—Le puse así porque la colección alude a un proceso de autodescubrimiento: parte con chaquetas negras, que simbolizan lo impuesto por la sociedad, y luego se va abriendo al color para revelar lo que uno en verdad es —explica, en la terraza del taller en el barrio Bellavista, en la calle Capellán Abarzúa, que comparte con ceramistas, artistas y joyeros, además de su costurera, Paulina Araneda.

Lüttecke dice que no sabe muy bien cómo fue que llegó al área de diseño de los cuarteles generales de Ackermann, que ocupan los cuatro pisos de una vieja y céntrica casona en el puerto belga de Amberes: muchos postulantes son enviados, por ejemplo, al departamento de producción, donde se dedican gran parte del tiempo a cortar telas. Solo sabe que, cuando postuló, tenía algo a su favor: por esos días Martín vivía al este de Londres, en el barrio de Hackney, y ya había pasado por una práctica en una marca europea. Específicamente, por las oficinas de Wales Bonner, diseñadora que fue calificada por Vogue como “líder espiritual” del circuito de moda independiente inglés. Pero también sospecha que venir de Sudamérica jugó a su favor. Matías fue el primer latinoamericano en enrolarse en una pasantía con el diseñador, quien nació en Colombia y fue adoptado por una familia francesa.

—Cuando conocí personalmente a Ackermann, en la semana de la moda de París, me dijo: ¡Ah! ¡Tú eres el latino! Y de Chile. Es como exótico eso, ¿no? —recuerda Martín riéndose. Y luego agrega:

—Tal vez les gustaba porque pensaban que yo, por venir de acá, les podía entregar algo que no tenían.

Ropa difícil

La pasión de Lüttecke por la moda comenzó en su infancia. Una infancia difícil, reconoce.

—No era simple ser gay en un entorno conservador, y por eso dibujaba y dibujaba, obsesivamente —cuenta—. Dibujaba niños, pero medio femeninos: plasmaba mi sexualidad en eso. Creaba un mundo que yo inventaba y que yo controlaba.

Así, de a poco, fue incubándose su interés por la moda, alimentado por la interminable información que fue encontrando en internet. A los 17 años quiso ir a estudiar a Londres, a Central Saint Martins. Pero sus padres —dos ingenieros civiles; ella, judía y él, alemán— no estuvieron muy de acuerdo. No entendían, dice Martín, de qué se trata esto del diseño de vestuario. Aun así, postuló, pero no quedó. Sacó la carrera de Diseño pensando siempre que quería estar en otro lado, confiesa, y por eso al titularse decidió ir a formarse en Europa. No estaba dispuesto, dice, “a meterme en un retail y trabajar con los chinos”.

Volvió entonces a postular a Central Saint Martins, esta vez para un máster, y otra vez no quedó. Pero, en lugar de bajonearse por este rechazo, reconoció que a su propuesta todavía le faltaba contenido y decidió buscar un taller donde aprender lo que le parece verdaderamente importante: pensar la moda, más que solo dominar técnicas.

Lüttecke permaneció en el Viejo Continente por algo más de un año. De su paso por la maison Ackermann, lo que más rescata fue haber aprendido el valor de sentirse diferente, de decirse a sí mismo: soy chileno y eso me encanta. Desde el comienzo, sintió que no era como esos jóvenes que están simplemente desesperados por estar en el mundo de la moda, solo para empaparse un poco con su glamur. Por eso, llegado el minuto de volver a Chile o quedarse allá, optó por lo primero.

—En Londres es imposible hacer una colección, es carísimo —dice—. En cambio acá conozco patronistas, conozco costureros. En Chile, por la misma plata, puedes hacer algo increíble. Además, hay muy buena onda entre los diseñadores: no está eso de que ‘como compito contra ti, te quiero aplastar'. Matías Hernán, Paulo Méndez, la Lupe Gajardo, Sebastián del Real: todos ellos fueron los primeros en decirme ‘me encanta tu propuesta'. Porque saben todo lo que cuesta dedicarse a la moda en Chile. Saben que, si no logramos generar una industria local, la gente nunca va a apreciar el diseño independiente.

En Santiago aterrizó en agosto, con su cabeza desbordante de ideas y una carpeta llena de imágenes de referencia. Su actual colección estaba entonces en proceso de germinación.

—En Ackermann no les gustaba mucho lo sesentero, preferían más el rock, lo militar, los colores power. La estética de los 60 no calza con la mujer de esa marca. Pero a mí me encanta que en esa época hayan definido una idea de la ropa del futuro que nunca fue —explica.

Lüttecke ya trabaja en una nueva colección, de la que solo adelanta sus lineamientos generales: se inspira en una niña que sufre y quiere salir adelante. Pero su plan inmediato es posicionar su marca, Martteck, y luego desarrollar una línea que lleve los mismos conceptos y telas de la colección Pensamientos Violentos a un formato más usable y comercial. Porque la línea original, incluye, por ejemplo, ceñidos enteritos de lanilla, que no cualquiera se atrevería a usar. O una suerte de “chaquetas-mochila” acolchadas, que llama “bombas” y que, en rigor, no tienen una función clara. Si hubiera que definirlas, podría decirse que se trata de parcas deconstruidas.

Si bien es una línea pensada principalmente para mujeres, a Lüttecke le encanta la idea de que también la puedan usar hombres que se sientan identificados con ella. Feliz haría prendas para hombres, siempre que se trate de hombres “un poco distintos”, dispuestos a jugar con su lado femenino sin miedos, dice.

—Es difícil mi ropa. Es una propuesta jugada. Pero si hiciera la misma ropa sport que hace todo el mundo, no llamaría la atención. Me gusta la moda como un escape, algo que te lleva a otro lado —dice. Pero después reconoce:

—Mi mamá me está ayudando con el plan de negocios, porque si no, uno se pierde. Puedes hacer tu fantasía, pero esto igual es un negocio.

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