Martes 18 de Junio de 2019

Industria de la moda nacional:

4 innovadoras del diseño

Materiales reciclados u orgánicos, mano de obra artesanal o que busca reinsertarse socialmente tras la prisión y recuperar una relación cercana con las clientas, son las claves detrás de los emprendimientos de las diseñadoras Javiera Jordán, Catalina Desormeaux —calzados Manavai—, María José Bari —óptica Influencers— y las hermanas Ignacia y Andrea Núñez —Minka diseño—. Acá cuentan cómo los sacaron adelante.

Por Claudia Guzmán V. Fotografías: Sergio Alfonso López.

“Las escuelas de diseño han sobrevalorado los materiales nobles. Lo que importa es lo que tú haces con el material”.

Javiera Jordán recuerda que le dijeron desde que su vestido era una cortina de ducha hasta que ella era una inconsciente. Pero a esas alturas, en el lanzamiento de su colección de octubre de 2018, la diseñadora chilena que después de 6 años de formación autodidacta y que había llegado a vestir a Kate Moss, ya era capaz de mantenerse en paz. Sobre la pasarela iba su vestido de PVC transparente, elaborado con metros y metros de plástico que ella había recuperado de los desechos de una construcción y que había trabajado con total dedicación en su máquina de coser:

—Al principio lo criticaron mucho, pero yo tenía mi carta bajo la manga, porque tenía un concepto detrás, el upcicling: a un material de menor valor, le di valor. Eso es lo que me interesa hacer al diseñar, no solo me interesa hacer vestidos bonitos, sino que comunicar algo con ello. Mostrarle al mundo que da lo mismo el material que se use, porque pueden ser incluso de hoja de papel, pero ese papel está trabajado hermoso. Y eso me lo enseñaron en arte, el valor de que no se entienda lo que es: ser capaz de transformar la materia, y que tu mensaje llegue igual. En el fondo, que alguien diga: ¿Eso es pintura o es fotografía?, ¿es tela o es papel?, ¿es plástico? Da igual.

Javiera es parte de una generación de diseñadoras que está innovando en la industria de la moda con sus propuestas de creación. Arte, ecología e impacto social son los nuevos valores que hay detrás de las prendas, zapatos y accesorios —anteojos y collares—, que junto a Javiera vienen a proponer Catalina Desormeaux —calzados Manavai—, María José Bari —óptica Influencers— y las hermanas Ignacia y Andrea Núñez —Minka diseño—. Todas ellas, bajo los 40 años, han recorrido una senda donde debieron aprender que el impulso creador era tan equivalente al coraje necesario definir quiénes eran realmente y, luego, ganarle al miedo y la frustración que podía significar defender su opción.

Instalada en su taller de Pedro de Valdivia Norte, donde cuelgan sus creaciones de alta costura y se reparten sus tijeras y alfileres, Javiera recuerda lo difícil que fue, primero, dar con su vocación. Partió por estudiar arquitectura hasta que escuchó a un hermano que le dijo que no la veía feliz, porque había un problema “de escala” en esa profesión. Ella, le dijo su hermano, necesitaba hacer con sus manos su creación. Entonces se cambió a Arte.

—Pero yo sabía que no podía quedarme solo como artista, porque en este país eso es estar muy a la deriva. Yo quería vivir de esto, tenía el sueño, quería que perdurara en el tiempo, pero no sabía cómo —recuerda, quien pudo encausar su vocación cuando una amiga que admiraba cómo Javiera confeccionaba sus propias prendas de vestir “pero con miles de hilachas colgando por dentro y sin saber poner un cierre invisible”, confiesa, le pidió hacerle su vestido de novia. Javiera, que solo había visto un vestido de novia en vivo en su vida, al principio se resistió. De ese matrimonio, en 2013, la diseñadora recuerda el instante en que caminó sobre sus propios pasos observando a la novia bailar:

—Me alejé y dije: esto es lo mío para siempre. Vi ese vestido, las capas de tela, todas las conversaciones que habíamos tenido con la novia sobre la tela, y ahora cómo se movían y había como una conexión mía con el material como deliciosa.

Desde ahí su camino creativo no paró. Tomó cursos de alta costura. Dice que “exprimió” a las maestras que tuvo y transformó en sus costureras. También avanzó en la innovación: partió con un vestido trabajado con escamas sobre láminas de cobre, después experimentó con aluminio y, luego, con flores de PVC negro sobre un abrigo de terciopelo del mismo color.

—Pasé horas llorando en posición fetal, con miedo. Sin tener amigos a quien preguntar si estaba bien lo que quería hacer —recuerda Javiera—. Las escuelas de diseño han sobrevalorado los materiales nobles. Lo que importa es lo que tú haces con el material, como tú transformas el material. Gracias a que estudié Arte, me di cuenta de que todo esto había nacido de mí, de que yo tenía un poder creador, que tenía el poder de transformar la materia. Entonces, ya nunca le tuve respeto al material. Nunca más me importó la calidad de la tela. Para mí era mucho más importante interpretar a la persona y que el vestido hablara de ella, más que fuera de seda. ¿Por qué? Porque estamos en 2019, no estamos en 1800.

En 360 grados

Tal como Javiera que recuerda que partió su emprendimiento con 10 mil pesos y un sueño, las hermanas Yáñez —una diseñadora, la otra arquitecta— también hablan de cómo alimentaron el “sueño” de Minka durante tres años sin ganar un solo peso con él. Con una startup de Corfo había logrado echar andar un proyecto de alto impacto social que elaboraba accesorios para una multitienda con los desechos textiles de la misma, a través de mano de obra capacitada en la cárcel femenina. Era la hoy tan difundida economía en 360 grados, cuando nadie conocía el concepto aún.

—Nuestro sueño era empoderar a la mujer. A mí me ha tocado tener trabajos donde gano menos que un hombre por hacer lo mismo —dice Ignacia—. Y me enojo. Imagínate cómo se siente una mujer que no tiene opción de trabajo y que, además, depende económicamente de un hombre, con todo lo que la violencia económica puede significar. Eso me indigna.

Su hermana, agrega:

—Es una visión casi política. Si a nosotros nos tocó un poco mejor, cómo no voy a aprovecharme de estas desigualdades del sistema para, un poco, con las reglas de los negocios, no propiciar más la desigualdad y ayudar a mejorar el mundo.

Las hermanas asumen que en un principio fueron erráticas, que se dispersaron en la creación de casi 60 productos, hasta que con la ayuda de mentores lograron reencausar el enfoque de su negocio: lo de ellas era la reinserción laboral, el diseño con impacto social.

Cuentan que decidieron enfocarse en pocos productos —collares, cintillos y pulseras—, y que hoy para ellas el éxito se mide en que desde 2011 ya han capacitado a 160 mujeres, 60 de ellas han tenido relación laboral con la empresa y han pagado más de 25 millones en sueldos.

—También lo medimos en los comentarios que nos dejan las clientas en nuestras redes; yo misma las manejo —cuenta Andrea—. A las personas les gusta saber que su collar lo hizo un artesana que le llama Inés, y su historia (eso está en la etiqueta de los productos Minka). Ellas les escriben y les mandan saludos. Y yo me aseguro de que los reciban.

Conexión uno a uno

Recuperar la escala humana es clave para innovadoras como Catalina Desormeaux y María José Bari, quienes tuvieron experiencia con marcas de lujo, en grandes mercados y en el mundo del retail.

La primera, diseñadora, tuvo su primer emprendimiento y primer éxito con la marca de calzado Cata Desormeaux.

—Literalmente, un zapato era distinto del otro —dice sobre las creaciones con aplicaciones de coloridas telas de la India que comenzaron a hacer furor en las primeras ediciones de Taconeras y que luego fueron compradas por cientos en el retail.

Pero la cantidad de producción se le comenzó a hacer sobrecogedora, ella quería estar encima de todo el proceso, y mantener una relación cercana con sus clientas.

—Yo sacaba fotos de cada zapato —recuerda sobre sus estrategias de venta online—. Pero los zapatos son tan delicados, los pies son tan delicados, que es imposible que no haya un detalle. Y empezó el tema de posventa, y eso se me hizo inmanejable. Además, estaba mi nombre ahí. Y empecé a colapsar con cada comentario.

Catalina, junto a su esposo, partió de working holidays a Australia y allá tomó un diplomado en Industria de la Moda. En su práctica le tocó trabajar como asistente de producción de la revista Harper's Bazaar. Tomó contacto con las nuevas tendencias en la moda y conoció a los ingleses fabricantes de una fibra de piña que parecía cuero natural.

A su regreso, en mayo de 2018, lanzaron Manavai. Ahora, más que jugar con los colores, mandan las texturas y materialidades —también incorporó el corcho que asemeja cuero de serpiente—, pero sobre todo se impone el modelo de negocio más personalizado.

—Hago showrooms acá y a las clientas le gusta, porque vienen y se los prueban, y se llevan hasta tres pares. Es más personalizado —explica Cata, sentada en el salón de eventos de su edificio—. Ellas se identifican con la idea de no contaminar. Les explico el proceso de la piña. Entonces, no es una compra compulsiva. Y esa es la clienta a la que yo apunto, una que se conecte emocionalmente con mi marca. También trabajamos a pedido para proteger la cantidad de desechos y así evitar fabricar tallas que no venden.

No sobreproducir es una preocupación para la diseñadora María José Bari, de lentes ópticos Influencers. La marca que hace un año ya se ha posicionado en redes sociales y líderes de opinión, como ministras de Gobierno y mujeres anclas de la TV, también partió buscando una oportunidad de negocio a través de la diferenciación.

María José, diseñadora con estudios en Europa y una carrera en la transnacional Luxótica —que vende marcas de lujo a las cadenas ópticas locales— había detectado que el mercado de anteojos local era tradicional, porque no se importaban modelos innovadores; no porque no hubiera demanda. Entonces ella decidió crear la oferta diseñando lentes que manda a fabricar a China en lugares certificados por calidad del producto y trato laboral.

—Soy mamá soltera, y ya me había tocado pasar un par de fechas importantes trabajando arriba de un avión —cuenta, la mamá de un joven de 15 años—. Quise ofrecer lo que no había. Era mi sueño. Pero más que nada, era trascender. Siempre me llamó la atención qué hacía que la gente prefiriera o se sintiera identificada con una marca. Y eso era una cuestión social.

Marcar esa diferencia ha sido la obsesión de María José. Cuenta que hace un año partió asociándose, y teniendo solo un millón de pesos en su cuenta. Hoy en su local de Nueva Costanera asesora la compra de lentes de acuerdo a cada fisonomía y a cada outfit.

—Eso es lo que aprendí. Pero también me he capacitado en salud visual. Y ahora trabajo con mi propio laboratorio para cobrar un precio justo —cuenta—. A mí lo que me llena el corazón es cuando llega una mamá con una niña que ha sufrido bullying y yo le pongo unos lentes y se ve preciosa. Yo empatizo con esa mamá. Mi hijo nació con una anoftalmía, y ya lo han operado 15 veces del ojo. Yo sé lo que siente.

Los desafíos que asumen estas innovadoras con sus marcas van más allá de lo estético y de lo económico. Otro ejemplo lo da Cata Desormeaux:

—Cuando una clienta se identifica con tu marca, tú te identificas con ella también. Hace poco una quiso que le hiciera unas botas vaqueras. Y el maestro me dijo que era muy difícil. Así que yo misma las corté y tuve que pagarle tres veces a él. Fue un desafío. No sé si fue negocio, pero la clienta estuvo feliz.

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