Domingo 29 de Septiembre de 2019

A las 23:45 de la noche de un sábado de septiembre, la plaza de Ayquina parece a punto de estallar. Los bronces y bombos de las bandas redoblan su misión: llenar el aire de melodías, como si no hubiese un mañana. Emocionada, la gente alrededor aplaude, canta, exclama también sin descanso.

Hoy este pueblo chiquito, sencillísimo, del altiplano nortino parece a punto de colapsar por los miles de visitantes que vinieron de Calama y de otros pueblitos también chiquitos y sencillísimos para celebrar a la Virgen. Hay olor a sopaipillas callejeras, a velas que se queman. Quizás, dicen los lugareños, esta noche caiga un temporal: viento y rayos, dicen. Se siente un frío seco que congela los huesos, intensificado con las ráfagas polvorientas de viento a 70 kilómetros por hora que, dicen también los lugareños, no son inusuales en esta zona del Norte Grande. Pero a nadie le importa: el clima no será impedimento para lo que está a punto de suceder.

Desde el cielo se vería lo excepcional que es esta noche: como por milagro, este pueblito es ahora un punto brillante en medio de miles de kilómetros cuadrados de desierto.

En rigor, Ayquina está a 74 kilómetros de Calama, en la Región de Antofagasta: un villorrio a unos 3.000 metros sobre el nivel del mar y a solo dos horas de la frontera con Bolivia. Y cada año es el escenario de la fiesta religiosa más importante de la zona. Una celebración que bien podría hacerle el peso a la mucho más famosa —y cada vez más turística— de La Tirana, unos 400 kilómetros más al norte, en la Región de Tarapacá, por su música, sus colores y los bailes. Sobre todo, por la belleza en cada detalle de los trajes que usan aquí y por los casi cinco mil bailarines que —por una semana, incansables— no dejan de danzar en alguna de las 46 cofradías que llegan a homenajear a la Virgen de Guadalupe de Ayquina, en una conmemoración que comienza el 1 de septiembre y termina hacia el 10, cuando se marchan los casi 80 mil visitantes que vienen a mirar, y le dejan este lugar a las 50 personas de ascendencia atacameña que sí viven en Ayquina.

Este sábado, en la víspera del 8 de septiembre, comienza lo que podría considerarse el momento más álgido de la fiesta: es cuando la gente aquí conmemora el cumpleaños de la Virgen, repletando la plaza justo frente a la iglesia. Como todos los años, hay una tarima con la imagen de la Virgen y, junto a ella, un religioso celebra una misa multitudinaria. “Cada vez falta menos”, dice el sacerdote por altavoz e invita a todos a cantar.

Cuando quedan 30 segundos para la medianoche, todo cambia.

El pueblo completo entra en un mood eufórico que recuerda un poco al de Año Nuevo. Y… “cinco… cuatro… tres…”, exclaman todos, siguiendo el pom-pom-pom de los bombos. Justo a medianoche, en todo Ayquina se escucha lo mismo: “¡Feliz cumpleañoooos!”. Casi de inmediato entran a escena los bronces para acompañar con fuerza a la multitud que entona el clásico cumpleañero, seguido de los himnos Nacional y de Calama.

La escena parece cubierta de una nube rosa: es la challa que lanzan todos, al mismo tiempo que gritan cosas como: “¡Viva la Virgen de Ayquina! ¡Viva la reina del desierto!”.

Luego, las cofradías seguirán turnándose con sus presentaciones hasta que el reloj marque las 5:30 de la mañana. Solo entonces podrán descansar… durante una hora. A las 6:30 comienzan nuevamente los bailes.

Llevan varios días así. Bailan de día, de noche, a la hora que sea. Con sus trajes mágicos y una energía inagotable.

La gente aquí no sabe con seguridad cuándo comienza la devoción en torno a “la Chinita”, dice David Vargas, rector del santuario de Ayquina, mientras conversamos en una salita de la iglesia, casi el único sitio del pueblo donde se puede escapar del bullicio de la celebración. El sacerdote explica que esta vendría del Turi, un pueblito cercano. Según la tradición, un pastor atacameño llamado Casimiro llevó su rebaño a la quebrada de Ayquina, donde se habría topado con “una señora muy bonita y un niño”. Ahí el joven pastor y el niño se habrían puesto a jugar, hasta que se hizo tarde y los corderos se dispersaron. Al día siguiente pasó lo mismo, y al otro, también. El padre de Casimiro entonces decidió seguirlo, “y se extrañó mucho al ver que el niño con el que jugaba su hijo salía de un árbol”, dice David Vargas. Más tarde, el padre y Casimiro fueron a mirar dentro del árbol y allí habrían encontrado la imagen de la Virgen.

La historia cuenta que, aunque esta figura fue llevada varias veces a Turi, siempre volvía a Ayquina sin que nadie supiera cómo. La gente entonces se resignó y construyeron la capilla, “porque acá quería estar la Virgen”, dice el sacerdote.

Así se explica el origen de la imagen, pero no la de la devoción. El rector del santuario dice que fue hace aproximadamente 100 años que se comenzó a festejar a la Chinita a través de la danza y de la peregrinación, recorriendo los 74 kilómetros que nos separan de Calama.

Lo que está claro es que hoy, en Ayquina, “cuando a un danzarín lo ves bailando, está orando. Aquí el laico ofrece su sacrificio y no necesita de la mediación del sacerdote. No miden los gastos que pueden hacer... Sus trajes son carísimos. Y si a eso le sumas el arriendo de la pieza, la alimentación…”, dirá luego el sacerdote, mientras las cofradías pasan más allá de la ventana.

Hay que tomar la Ruta B-165 para llegar a Ayquina. Un camino de ripio que sale de Calama y se mete en un paisaje árido que va cambiando: primero, kilómetros de desierto plano, polvoriento; más adelante, relieves intermitentes y quebradas esculpidas por las ramificaciones de los ríos Loa o Salado. Hay unas plantitas color verde oscuro que adornan este paisaje a medida que subimos. El cielo es celeste profundo, con nubes esponjosas. Casi no hay otros poblados. Sí se ven las siete estaciones o paradas que recorren los peregrinos: unas estructuras metálicas parecidas a quioscos escolares, pero más grandes y abiertos.

Esa marcha desde Calama es la otra manera de expresar la devoción por la Virgen. Los peregrinos vienen solos o en grupos pequeños que tardan, usualmente, un día y medio en llegar. A veces acampan en las mismas paradas. O buscan alojamiento en localidades como Chiu Chiu, un pueblo con algo más de infraestructura turística, a 40 kilómetros de Ayquina (ver recuadro). O se tapan con lo que sea, incluso cartón, cuando el cansancio no les permite dar un paso más durante la noche, como dice que hizo Andrés, el Uber que me esperaba en el aeropuerto de Calama.

Hace unos años que en este trayecto además se instalaron estaciones o tambos, donde grupos subvencionados por la propia iglesia o personas por iniciativa propia apoyan con comida, agua y cuidados a los caminantes.

Marco Salas es uno de los segundos: junto a su familia arma un tambo, que financia con lo que recauda en el año, para apoyar a los peregrinos. Pasan toda la semana en esto, sin retribución.

Salas y su familia se ubican todos los años en Ramadillas, a unas tres horas de caminata de Ayquina. Ahí preparan tallarines, churrasco andino (pan amasado con jurel), tienen naranjas o hacen sopaipillas para los peregrinos. Es una tradición que mantienen desde los años 90. “En Los Andes o Lo Vásquez la gente camina un par de horas. Aquí en Calama caminamos un día y medio por el desierto más árido del mundo”, dice Salas, sin dejar de servir jugo a los caminantes que van llegando.

En Ramadillas, las caras van cambiando rápido. Algunos se sientan. Otros paran a hacerse curaciones en los pies. La mayoría toma agua y sigue. Mónica Barrera recupera energías en una silla de plástico a la sombra. Viene con su hija, con la que están cumpliendo una manda. No dicen más. Cerca, un trío de adolescentes recarga baterías con un plato de tallarines con salchicha: Michel Masilla (18), su polola Maritza López (17) y Aarón López, hermano de Maritza, dicen que pasaron mucho frío la noche anterior. Michel ya había caminado antes. “Por fe”, dice. Maritza y Aarón vienen más que nada para conocer el camino. “Como un desafío”, dice Maritza.

Llegar a Ayquina un 5, 6 o 7 de septiembre es asomarse a un sitio donde convergen dos universos. Por un lado, la gente que simplemente pasea, observa, toma fotos, come las sopaipillas gigantes o el pan amasado que venden por ahí. Del otro, el de los bailarines y sus trajes impresionantes, y movimientos incansables aún más impresionantes.

El de estos últimos es una especie de reino de fantasía. Algo así como un Narnia altiplánico, donde se ven humanoides peludos o emplumados, diablos y ángeles, princesas andinas, cóndores y osos forrados en lentejuelas y cascabeles, que bailan dando saltos y patadas como si fueran ninjas desérticos, todos deambulando a la vista del resto de nosotros, simples mortales.

Tanto colorido contrasta con los tonos usuales de este pueblo donde manda el ocre. Ayquina se parece a la Caspana retratada en A la sombra del sol, la película de Silvio Caiozzi. Es polvoriento, es ventoso, es como si se hubiese detenido en el tiempo. Quizá eso se note menos en estos días, en que hay gente por todos lados, bailando o paseando.

A las casas usuales se suma un barrio nuevo y temporal: las carpas que se levantan a la entrada del pueblo. También hay un estacionamiento gigante, porque nadie entra en auto aquí. Aunque quisieran, no podrían. Además hay una feria, le llaman “el mall del pueblo”, donde los visitantes se abastecen de velas, santitos, comida rápida, ropa...

Esta es la única semana del año en que Ayquina tiene todas sus casas ocupadas, dice Pedro Hurtado, que es calameño, que arrienda una vivienda aquí y sabe del tema: “Las casas generalmente son de calameños”.

Pedro Hurtado llegó con su familia para acompañar a su hijo menor, también llamado Pedro, que baila en el caporal Inni Jallpa. La misma razón que tienen otras familias venidas incluso de Perú y Bolivia, pero sobre todo de la propia provincia de Calama. Así se nutren las 46 cofradías que se presentan con bailes como la diablada, el tinku, la osada, la morenada, el baile mexicano, la saya o el toba.

Sergio Velázquez es uno de esos bailarines, que conoce cada detalle de lo que van a hacer en la celebración. Hace 13 años que preside la Diablada Calameña, una de las cofradías más antiguas y numerosas, dice.

Su grupo comenzó a trabajar en este baile en 1961. Ahora tiene 320 bailarines, “de entre tres y 70 años”, dice Velásquez, quien explica que, como muchos otros bailes de Ayquina, la diablada es una muestra del sincretismo entre el cristianismo y las religiones indígenas andinas: una danza de origen boliviano que representa una lucha entre el bien y el mal. “Es como una batalla. Entonces tenemos al diablo y los luciferes, que son como soldados. También están los ñaupa, que son diablos más viejos, y el arcángel, que es el hombre con alas”, explica Velásquez, que adelanta el final del montaje: la idea del baile es que los diablos terminen sometiéndose a la Virgen.

Esto es lo que uno ve en Ayquina, pero la fiesta comienza mucho antes. La tradición manda que los bailarines primero se despiden de su propio pueblo con un baile a fines de agosto. Solo después de eso, peregrinan y llegan —a partir del 1 de septiembre— a practicar sus bailes en este poblado. Recién el día 5 comienzan los turnos para bailar frente a la iglesia. Cada agrupación tendrá entre treinta minutos y una hora, en un momento a definir entre las 6:30 y las 17:30 horas. Seguirán así hasta el día clave, el cumpleaños de la Virgen, el 8 de septiembre, cuando se hace una procesión. Luego, durante los siguientes días cada cofradía se despide de Ayquina con una danza final. Esperarán un año para volver.

Andrés Céspedes hace tiempo que conoce como funciona esto. Partió bailando a los tres años en la Diablada Calameña y hoy es jefe del toba, un baile que vio en la fiesta religiosa de Cosca —en la frontera— y que quiso traer para ofrecer algo novedoso. “Para darle un regalito a la Mamita, traerle una cosa distinta”, dice.

Los bailarines suelen sacar ideas de pasos de baile, nuevas indumentarias o vestuarios diferentes de otras fiestas.

Este año, dice Céspedes, le tocaban turnos de baile a las 4 de la mañana y después a las 5 de la tarde. Pero ya en la víspera del cumpleaños, como ocurre todos los años, la exigencia se intensificó para su cofradía. Comienzan los cantos al alba, le siguen los turnos de baile y finalmente las tres o cuatro horas de danza en procesión, cuando se lleva a la Virgen por todo el pueblo escoltada por las cofradías.

Es cuando el esfuerzo físico y emocional llega a su clímax, y se ve a los bailarines que sudan sin perder la sonrisa recorriendo el perímetro de Ayquina.

Pedro Hurtado, el hijo bailarín del calameño que arrienda una casa aquí, me había hablado de esto: aquí el ánimo es festivo. Pero también hay mucho más. Él, como muchos otros, vino alguna vez a bailar para pedir un favor: su hermano Fabián estaba en una clínica santiaguina debido a una pancreatitis, y Pedro quiso pedirle a la Virgen que lo ayudara. Bailó por su hermano. De eso ya pasaron dos años. Su hermano sanó y ahora Pedro sigue bailando para agradecer.

Mientras cena vestido con botas blancas con grandes cascabeles y un pantalón satinado del mismo color con un escorpión de lentejuelas rojo bordado a los costados, recuerda: “Siempre veía a la gente en la plaza y pensaba: ‘ya están bailando'. Pero cuando me metí, fue un cambio brutal”. Vino a Ayquina caminando hace una semana y ya se ven los estragos de tantos días de baile en su cuerpo. Se ve exhausto. Lleva un tiempo comiendo y durmiendo a deshoras. Pero no tiene dudas: ahora que baila, todo es distinto. “No sé cómo explicarlo”, dice. Luego se queda pensando como si intentara encontrar una palabra. Alguna sensación que le ayude a hacerse entender. “Es quizás algo espiritual”, dice.

En una hora volverá a bailar. Antes dirá, seguro, “cuando estás dentro, lo que pasa es algo difícil de explicar. Ya no se siente el frío de la madrugada. Y ya no te cansas mientras bailas”.

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