Sábado 2 de Noviembre de 2019

Smiljan Radic

“Reconstruir no significa construir ni lo mismo ni tan mal”

A un mes de lanzar su primer libro monográfico, que recopila algunas de sus obras más importantes, el aclamado arquitecto cuenta aquí su historia, habla de su generación, a la que define como “extremadamente individualista”, y aborda las posibilidades de la arquitectura para aportar a las demandas surgidas en medio de la crisis social que vive el país.

Por Antonia Domeyko

El restorán Mestizo, en el Parque Bicentenario. El Teatro Regional del Bíobío ubicado en la costanera de Concepción. La bodega de la exclusiva Viña Vik, cerca de Millahue. El Pabellón Serpentine Gallery que estuvo instalado en los jardines de Kensington en Londres en 2014. Cerca de 30 tiendas alrededor del mundo de la marca de moda inglesa, Alexander McQueen. Todos, proyectos arquitectónicos aclamados por la crítica. Todas obras del arquitecto Smiljan Radic, chileno, 54 años.

Son las cuatro de la tarde de un lunes de octubre y Radic está en su oficina encumbrada en una de las torres Santa María, la antigua. Con él trabajan solo seis personas, y comparte el espacio con la arquitecta Cecilia Puga. Está sentando en una sala de reuniones, y la única luz proviene de una ventana, justo detrás de él, que deja ver desde la altura parte de la ciudad de Santiago. Radic lleva el pelo negro y canoso, hasta poco más arriba de los hombros, usa anteojos redondos y una barba espesa que toca mientras habla.

Radic, ganador de premios nacionales e internacionales, es considerado un referente en la arquitectura chilena. Sus obras han sido visitadas y admiradas por miles de personas, pero él, el personaje detrás de las instalaciones, dice ha intentado mantener un bajo perfil.

En estos momentos está comenzando nuevas obras, una galería de arte y el pabellón de Chile para la Expo Dubai 2020, junto a dos arquitectas. Y está por terminar otros proyectos, un hotel en España y un edificio habitacional en el barrio Yungay.

Es la primera vez que está a la cabeza de un proyecto de estas características. Se trata de un edificio con casi 80 departamentos, de alrededor de 40 metros cuadrados, para dos personas. Está pensado como un edificio para inversionistas y luego arriendo.

—Es netamente inmobiliario, clase media baja, en un barrio patrimonial. Sé que es un buen edificio. Yo viviría ahí si fuera solo, sin problema.

—Este tipo de proyectos ha sido cuestionado porque al ser para inversión y arriendo, algunos sacan provecho a costa de inmigrantes que no tienen dónde instalarse.

—El maltrato es malo. No hay mucha opinión respecto a eso. Me ha tocado conocer relativamente el barrio Yungay, porque trabajé ahí y, claro, hay mucho maltrato a inmigrantes. Ni si quiera están en departamentos, han desocupado espacios que eran jaulas (para que habiten)… temas muchos peores de maltrato.

—En muchos de esos pequeños departamentos construyen en 40 metros tres habitaciones y dos baños.

—Eso yo no lo haría.

—Al final, para algunas familias son lo única opción accesible.

—La imposibilidad de elegir, ese es el problema de fondo. El departamento es así porque saben que si le reducen un centímetro más, pueden ganar más, pero es un tema de que el mercado es así. ¿Pedirle al mercado que sea bueno? Es raro. No es un tema fácil, pero tiene que ver con el maltrato, con sacar partido de todo, sacar ganancias de todo y con el problema de no poder elegir, son las dos cosas que van juntas. Los inmigrantes no tienen ninguna posibilidad de elegir.

—Hace dos semanas estalló una crisis en Chile y la gente salió a manifestarse, exigiendo terminar con los abusos sociales. ¿Puede la arquitectura ayudar a disminuir la desigualdad?

—Se dijo hace 50 años: “No se ensañen con los edificios, el problema son las instituciones”. A pesar de mi actividad, tengo un extraño desapego a la resistencia de los edificios per se. Lo que debemos hacer hoy es dar buenas oportunidades a los más frágiles que han perdido todo en medio de los saqueos y, por otro lado, hacer funcionar rápidamente los edificios públicos para no causar más daño a sus usuarios desprovistos. Reconstruir toma tiempo, pero ya que estamos en esto, reconstruir no significa construir ni lo mismo ni tan mal. Con esto no me refiero a los edificios, sino a las instituciones. Ellas deberían ser el verdadero objeto de discusión hoy. Reconstruirlas será algo complejo, las ruinas amontonadas de algunas de ellas dan pena, basta mirar el canal de televisión del Congreso. Otras deben volver lo antes posible a su sitio. Para todos es importante tener una ciudad sin militares en las calles.

—El diseño de la ciudad de Santiago ¿ha contribuido a la segregación y la desigualdad?

—En una ciudad extensa como Santiago, la segregación es un dato y me temo que es un dato casi irreversible. Por lo mismo, debemos trabajar con ese dato de manera inteligente, como se hizo en Medellín la década pasada. Para esto se necesitan no solo buenos arquitectos, sino buenos mandantes. Un buen mandante, pobre o rico, es el que sabe cómo quiere vivir con otros, nada menos.

—¿Cómo la ciudad podría hacer que los sectores más alejados se comuniquen, se encuentren?

—La comunicación en una ciudad depende de su diseño urbano, que debería ser reflejo de una cierta voluntad de convivencia difusa entre sus habitantes. Alguien escribió por ahí, hace tiempo, que a los barrios de Santiago se entra como familiar o como ladrón, pero nunca como ciudadano… Esto sucede en todos lados. Las rejas en las ciudades son los primeros gráficos de la desigualdad. Reconstruir un ciudadano amable toma tiempo.

—¿Cuál es su reflexión sobre lo que ha pasado en el país los últimos días?

—Honestamente, siempre he pensado que mi posición de privilegio no me permite hablar con propiedad sobre asuntos públicos y tampoco me permite votar. Voté por el No, no voté por Aylwin porque me parecía históricamente injusto, no voté por el apellido Frei porque me parecía nepotismo virtual y después que elegimos a Lagos, no volví a votar. Después de Lagos o, mejor dicho, después del casi Lavín, no apareció nada, es una pena decir esto, ni siquiera una sola idea rara, grande y sorpresiva que saliera de la boca de los ganadores. Creo que una posición de privilegio incentiva una mirada ausente.

Smiljan Radic nació en Santiago en 1965. Su familia paterna, de origen croata, había llegado a Chile más de 40 años atrás, a principios de 1900, huyendo de la Primera Guerra Mundial. En ese entonces su abuelo, un croata de 19 años, se instaló en Antofagasta, donde trabajó en las salitreras.

El padre de Smiljan Radic, de quien heredó el mismo nombre, dejó el norte para estudiar Ingeniería Civil en Santiago. Acá se casó con Cora Clarke, quien ha dedicado parte de su vida a las acuarelas. Juntos tuvieron tres hijos; entre ellos, el arquitecto.

Cuenta Radic que de chico nunca tuvo conexión con la arquitectura. En su familia no había nadie dedicado a esa profesión. Lo único que podría haberlo acercado era que le gustaba dibujar.

—Yo dibujaba bien y no hubo mucha más reflexión que eso. Era extremadamente ignorante respecto de la arquitectura, salvo saber para lo que servía. En esa época había cuatro carreras clásicas que estudiar, sobre todo en familias tradicionales. En rigor era Ingeniería, Economía, Leyes y Arquitectura —explica.

Sin meditarlo más, tras egresar del Colegio San Ignacio entró a Arquitectura en la Universidad Católica, a mediados de los 80. Allí se fue sumergiendo en la profesión. Dice que hubo dos profesores que lo marcaron: los destacados arquitectos Horacio Borgheresi y Montserrat Palmer.

—Ella tenía una manera de enseñar en el taller, que te diría que hasta hoy la estoy aplicando, no literalmente, pero sí podría decir que la raíz de lo que hago viene un poco de ahí.

Mientras estudiaba Arquitectura, Radic fue también presidente del centro de alumnos. Sin pertenecer a ningún partido político, organizó junto a sus compañeros manifestaciones y performances en oposición a la dictadura.

Recién egresado, se fue a estudiar Estética al Istituto Universitario di Architettura de Venecia. Al inicio de su carrera trabajó como ayudante de arquitectos, como Teodoro Fernández y Montserrat Palmer. En esos años también se casó con la escultora Marcela Correa, con quien tiene dos hijos.

En 2001, ganó el premio al Mejor Arquitecto Chileno Menor de 35 años que entrega el Colegio de Arquitectos. Dice que desde que comenzó su carrera no le faltó trabajo, siempre tuvo algún proyecto entre sus manos.

Junto con él se formaron, en la Universidad Católica, varios arquitectos que con los años se transformarían en grandes exponentes de la profesión. Entre ellos, Mathias Klotz, Cecilia Puga, Sebastián Irarrázaval y Alejandro Aravena.

Radic dice que en las generaciones actuales ha detectado más trabajos colectivos y en grupo, a diferencia de la suya.

—Yo siento que nuestra generación es extremadamente individualista. Eso tiene cosas buenas y cosas malas. Lo peor es que cuando uno se va poniendo más viejo, el legado que estás entregando empieza a ser un poco pobre, en el sentido de que no está relacionado con otras cosas generacionalmente. Empieza a ser demasiado parcelado, y es importante tener un legado hacia la sociedad, hacia los arquitectos jóvenes.

—¿Y lo bueno?

—Lo que tiene de bueno es que frente al mundo, el que quiere elegir arquitectos chilenos, hay una paleta de colores que yo la veo relativamente variada (…). Pero cuando se habla de la arquitectura chilena se habla de una cosa que no existe. Todavía no he leído ningún texto crítico que diga por qué uno puede hablar de arquitectura chilena. Uno puede hablar de arquitectura de arquitectos chilenos, pero no de la arquitectura chilena como una especie de escuela.

En su minuto, cuando Alejandro Aravena se ganó el Pritzker se habló del buen momento de la arquitectura chilena. ¿Cree que es así?

—Los buenos momentos en arquitectura no existen. Imagínate lo siguiente, cuando una obra sale en una revista o en una página eso ya estuvo pensado como hace 4, 5 años. Es como ver la luz de la estrella allá al fondo. Entonces uno no está al día nunca. A lo mejor uno podría hablar de períodos, de gente relacionada a eso y, claro, sí hay gente destacada.

—¿Cuál es su opinión sobre el trabajo de Aravena?

—Más allá de lo que piense yo, ese premio es el más importante de arquitectura que se le puede dar a una persona. Es divertido porque cuando pasó ese premio era como que en Chile todo el mundo se podía sacar el Pritzker, y es una idiotez. Ese premio se lo puede sacar Alejandro y nadie más.

—Hay arquitectos que con los premios pasan a ser estrellas.

—No es que yo esté en contra de la gente que da entrevistas, me da lo mismo. Yo no lo hago porque no tengo las capacidades de hacerlo bien o no me gusta por último. Esta idea de los grandes arquitectos que hacen cosas, mientras hagan gran arquitectura me da exactamente lo mismo que aparezcan en 20 revistas.

Radic dice que en su caso ha intentado mantenerse discreto en los medios y las redes sociales. No tiene sitio web, porque le parece improductivo. Tampoco le gusta dar entrevistas. Esta, reconoce, la da por obligación y para hablar de Obra Gruesa, su primer libro monográfico, que se lanzará el 26 de noviembre, en conjunto con la Fundación Antenna y Ediciones Puro Chile. Se trata de una recopilación de 24 obras clave de su trabajo.

—He tenido súper buenos clientes y además que ha habido proyectos que han sido bastante emblemáticos. Ya después de unos años, luego de hacer la Serpentine, que era este bicho raro, no iba a llegar Pepito Pérez a pedirte una casa de teja. Pero la gente se excluye de partida. Y hay gente que se excluye de manera tonta, pensando que uno no tiene flexibilidad, y en realidad si uno ve el libro Obra Gruesa, casi podría decir que cada uno de los proyectos está hecho por un arquitecto distinto.

—¿Ha sabido de gente que no se ha atrevido a acercarse a usted para desarrollar un nuevo proyecto?

—Sí he sabido, pero no por un problema de estilo, sino que por un problema… por eso odio este tipo de entrevistas… cuando aparecen todos estos comentarios, que hizo esto, esto y esto, se empiezan a sumar los encargos afuera, pero a mí no me interesa construir en Europa, a mí me interesa construir en Chile. Dicen, sin saber: “No llamamos a este gallo porque es muy caro”. Hay como una especie de censura previa a una cotización. Es muy divertido, toda noticia afuera genera proyectos, pero adentro (en Chile) produce escasez.

En la sala de reuniones, Smiljan Radic juega con un lápiz entre sus manos. Detrás de él comienza a oscurecer en Santiago. A un costado se puede ver parte de su oficina. Hay varios computadores en los que trabaja su equipo. Ahí ha gestado varias de sus obras.

Dice que desarrollar proyectos en espacios públicos ha sido un área en la que se ha interesado en los últimos años. Además del Teatro Regional del Biobío inaugurado en 2018, construyó también un Centro Cívico en Boca Sur, un pequeño poblado ubicado a las afueras de Concepción, que abrió sus puertas en 2017.

—Esa escala es interesante, porque ahí uno sí puede cambiar el imaginario de los espacios públicos y que no se transformen en estos juegos estúpidos de colores o con el pastito que no se puede mantener. Uno sigue el imaginario del espacio público para dar ciertas libertades, es un lugar interesante para la arquitectura.

—¿Y qué pasa con la vivienda social que algunos colegas suyos han abordado?

—Me interesa sobre todo el espacio público más que la vivienda (…). La vivienda social está comprendida como unidad, entonces el conjunto para mi modo de ver es más interesante. La vivienda ya está estresada en sí misma, sacarle provecho a eso, darle una vuelta más es muy difícil.

Radic explica que a diferencia de lo que muchos creen, él depende de que un cliente se le acerque para poder desarrollar un proyecto.

—Ese punto que todo el mundo cree que “este tipo está haciendo lo que quiere, porque quiere”. No. Yo hasta el día de hoy no puedo elegir. Lo que sí puedo hacer es decir que no.

—¿Y ha dicho que no a algún proyecto?

—Sí, he dicho que no a muchas cosas. Porque suponía etapas superadas o que la gente venía con ciertos prejuicios o porque me daba lata.

Dice, por ejemplo, que si le hubieran ofrecido hacer el Costanera Center, habría dicho que no.

—Es de una escala que no es la mía, yo no la sabría abordar, sobre todo con el impacto que tiene sobre la ciudad. Me preocupa que el espacio público a su alrededor sea nada. Me preocupa la llegada a la ciudad o cómo la ciudad se mete en esta cosa. Te diría que la torre la encuentro banal, pero ese es otro problema. Ese edificio es malo por donde se mire, no tiene arreglo.

Él mismo, dice, se ha visto afectado por la presencia de esta construcción. Vive en una casa a pocas cuadras, en Pedro de Valdivia Norte.

—La parte sur de mi patio está iluminada por el reflejo del Costanera Center. Nunca había tenido sol y ahora tiene sol todo el año. El norte se cambió. Es una cosa insólita, obviamente altera la temperatura y una serie de cosas más.

En Chile es común ver proyectos inmobiliarios que arrasan con barrios. ¿Qué pérdidas importantes ha habido?

—Muchas casas de los años 60, que fue una muy buena generación para las casas, que eran estas casas patio, desaparecidas todas, en Ñuñoa, La Reina, Providencia.

—¿Le preocupa?

—Es un contrasentido lo que voy a decir, pero creo que el hecho de que en Chile no haya mucho patrimonio arquitectónico —uno podría comparar con Brasil, con Argentina o Perú— da una cierta sensación de libertad. Es malo en muchos sentidos, pero es bueno sentir que uno se puede expandir sin muchos prejuicios. Si uno va a Perú a una escuela de arquitectura, todos los estudiantes tienen de referencia a los incas, hablan de sus antepasados y tienen este peso como monstruoso, que es muy difícil de traducir en algo contemporáneo. Entonces, funciona más como un lastre que como un empujón.

Radic reconoce que en el último tiempo ha empezado a darle vueltas al legado que quiere dejar. Pensando en esto, en 2017 creó la Fundación de Arquitectura Frágil con una colección personal que él hizo de dibujo y litografía de arquitectos radicales europeos de los 50 al 70.

—Es la manera de conectarme con la gente joven, de poder inyectar un cierto conocimiento en el área académica, a pesar de estar fuera de la academia Sobre el legado que le gustaría dejar dice:

—No tengo idea. Tampoco me desvivo por esta cosa, creo que no soy un arquitecto militante, con la arquitectura como una cosa obsesiva. Hay arquitectos que dicen que hacer una construcción, una casa, es como tener un hijo. O nunca han tenido hijos o no tienen idea.

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