Martes 26 de Noviembre de 2019

La importancia de enseñar la bondad

Por más que los padres digan valorar la generosidad y la bondad en sus hijos, suelen celebrar solo sus logros académicos y/o deportivos. Esto, según los expertos, está formando jóvenes muy individualistas y, a la larga, infelices e incluso menos exitosos. Por eso, dicen, los padres deben volver a poner énfasis en valores como la empatía y el trato amable. Especialmente en el contexto chileno actual, con altos índices de violencia.

Por Sofía Beuchat.

Cuando sus tres hijos ya iban al colegio, la comida familiar en la casa de los Grant se convirtió en una suerte de tenso interrogatorio. Cada noche, los padres, Adam y Allison, ya no les preguntaban relajadamente cómo lo habían pasado ese día, o con qué amigos habían jugado, sino cómo les había ido en las pruebas y exámenes o si sus equipos deportivos habían ganado sus respectivos partidos. De pronto, todo parecía girar en torno a cómo los niños podían sobresalir, ser mejores que el resto y, de paso, hacer que sus progenitores se llenaran de orgullo.

Pero Adam y Allison decidieron cambiar esta dinámica. Él es psicólogo formado en Harvard, académico en la célebre Wharton School, de la Universidad de Pennsylvania, autor de varios libros y columnista de The New York Times; ella es escritora, co-autora con Adam en varios libros de psicología y también enfermera especializada en el ámbito psiquiátrico. Su experiencia les ayudó a darse cuenta de que, como padres, era importante mostrar interés también por la formación de sus hijos en conceptos no exitistas, como la colaboración, la bondad, la empatía. Y comenzaron a abordar estos temas en la mesa con preguntas como, por ejemplo, si habían ayudado a alguien a entender mejor una materia o si habían hecho algo por defender a un compañero al que le hacían bullying.

Al comienzo —cuentan en un artículo en The Atlantic, firmado por ellos— los niños no decían mucho. Pero, con el tiempo, comenzaron activamente a buscar oportunidades para ayudar a otros.

Los Grant se dieron cuenta de que, como muchos padres, habían puesto el foco en los logros, y esto estaba opacando en sus hijos la percepción de que otros temas también eran importantes para ellos. Algo que, aseguran, es muy común. En esta línea, citan el estudio “The children we mean to raise” (los niños que queremos criar), del Harvard Graduate School of Education, donde se muestra que, cuando se les pregunta a los padres estadounidenses qué quieren para sus hijos, cerca del 90 por ciento dice que una de sus prioridades es que sean buenas personas, bondadosas y preocupadas por el resto. Pero cuando se les pregunta a los hijos qué creen que desean los padres, el 81 por ciento dice que lo que ellos quieren es que sean exitosos, que tengan un buen rendimiento. Ellos tienen esta percepción porque, sin importar los bien intencionados discursos de los padres, finalmente muchos papás solo demuestran interés y valoración por las notas y los premios, en desmedro de otros valores como la colaboración y la entrega.

En su libro The Kindness Advantage (La ventaja de la bondad, lanzado en septiembre de 2018), Dale Atkins —conocida psicóloga, PhD y autora de siete libros— y la trabajadora social Amanda R. Salzhauer analizan este fenómeno en profundidad. Desde su consulta en Nueva York, Atkins acota:

— Hoy es muy importante educar a los niños en la bondad, porque, para muchas personas, ya no tiene valor. La rudeza, la falta de respeto, el bullying y la denigración de personas de culturas diferentes a la propia van en alza y, sorprendentemente, se han convertido en algo aceptable (…) Sabemos, por muchas investigaciones, que los padres son muy buenos a la hora de reconocer los logros de sus hijos, mientras que sus actos de bondad pasan inadvertidos. Aunque puede haber muchas razones para esto, el resultado es que los padres envían el mensaje de que no valoran a la bondad tanto como su rendimiento y sus éxitos.

Esta distancia entre la retórica valórica y lo que se aprecia en términos concretos no es ajena a Chile. Los especialistas en salud mental la observan día a día.

—Muchos padres se ponen como “resultadistas” —comenta María Ignacia Vera, psicóloga infanto-juvenil y docente de la Universidad de los Andes—. Los niños tienden a ser bondadosos naturalmente. Pero ¿qué reforzamos nosotros en nuestros hijos? ¿Qué nos importa, que compartan o que ganen siempre? En la consulta veo harto niño estresado, ansioso. Sus papás dicen que no les importan las notas, pero sus hijos ven cómo se ponen contentos si llegan con un 7 en vez de un 5. Hay en muchos papás el discurso de que mientras estudien está bien, pero si tienen buenas notas andan felices contándoles a todos. En cambio, si su hijo ayuda a un niño en el colegio, por ejemplo, eso no se anda contando. No se refuerza. Al revés: en muchos padres la bondad es vista como una debilidad. Porque en nuestra sociedad está instalada la idea de que cada uno se rasca con sus propias uñas y hay que preparar a los hijos para la competividad de la vida adulta. Se valora el aprender a defenderse, más que el ponerse en el lugar del otro.

Ayuda y endorfinas

Según los expertos, la incongruencia entre lo que se dice y lo que se practica sobre la bondad tiene efectos nocivos en las personas y también en la sociedad.

—En una cultura materialista e individualista, corremos el riesgo de poner demasiado énfasis en promover y alentar la competencia y el egoísmo, y poco en promover el altruismo y la cooperación —dice Claudio Araya, psicólogo y académico de la Universidad Adolfo Ibáñez—. (También) corremos el riesgo de creer que educar la bondad o formar en cualquier valor es un tema teórico o abstracto, alejado de la experiencia, y no como habilidades que necesitan ser entrenadas y fortalecidas. Podemos darlas por sentadas y no promoverlas en la vida cotidiana. La ciencia hoy nos demuestra que aquellas habilidades psicológicas que no practicamos simplemente no se desarrollan. Necesitamos practicar la bondad, promoverla, reforzarla, visibilizarla como un valor en la práctica, porque sabemos que uno de los principales factores que favorecen el bienestar de las personas son sus vínculos afectivos cercanos y confiables. La competencia y el individualismo merman estas relaciones.

Hay bastante evidencia que comprueba los dichos de Araya. Sara Schairer, fundadora de la ONG global Compassion IT, con sede en California, ha recopilado la investigación en el área y ha publicado in extenso sobre la bondad. Según sus hallazgos, este valor ha demostrado ser vital para la sobrevivencia y evolución del ser humano y está, por lo tanto, “cableado” de manera natural en nuestro inconsciente; también se relaciona con una mejor salud, mayor longevidad y altos índices de felicidad y bienestar. En parte, por lo que los psicólogos conocen como helper's high (expresión que podría traducirse como “subidón del ayudador”):

—Cuando una persona hace un acto amable que es bueno para otra persona, puede sentir una avalancha de energía y emociones positivas. Este momento de euforia se conoce como helper's high y ocurre por la liberación de endorfinas en el organismo —explica—. Pero, lamentablemente, muchas sociedades en el mundo nos condicionan para creer que el éxito se mide en logros materiales. Una persona es considerada exitosa si tiene dinero y poder, y para conseguir eso, se necesitan trabajos bien pagados, para los cuales es clave ir a buenas universidades y tener buenas notas. Pero la investigación demuestra que las personas son mucho más felices cuando se preocupan menos de la riqueza material y más de conectarse mejor con las personas en sus vidas.

Según Schairer, enseñarles a los niños a cultivar buenas relaciones los ayudará a experimentar más felicidad y también a alcanzar sus metas. No son, asegura, cosas excluyentes. Los Grant comparten esta mirada: manejan estudios en los que se muestra que los niños y jóvenes que tienden a ayudar a otros terminan por alcanzar más logros, incluso materiales, que quienes no lo hacen. Uno de los estudios que citan en The Atlantic muestra incluso que los niños que fueron más cooperadores en su primera infancia, 30 años después, ganan mucho más dinero. En parte, porque desarrollaron habilidades blandas, inteligencia emocional y buenas relaciones interpersonales, todo lo cual es altamente valorado en el mercado laboral. Esto significa que ni siquiera los padres enfocados en el exitismo tendrían argumentos para mirar en menos a la bondad.

—La bondad mejora nuestro bienestar y le da a la vida un sentido y un propósito. Ella lleva a la compasión, la felicidad, el éxito futuro. Trae mejores relaciones interpersonales y buena salud mental y física, reduce la ansiedad y se vincula con un mejor envejecimiento —confirma Amanda R. Salzhauer, co-autora con la Dra. Atkins del libro The Kindness Advantage.

La empatía como motor

Pero ¿cómo puede enseñarse a ser amable y considerado con los demás, más allá de dar un buen ejemplo en la casa? Y, lo más importante, ¿qué hacer para que los hijos aprendan a practicar la bondad desde el corazón, y no solo como una conducta quizás algo forzada y vacía de sentimientos reales?

Para el psicólogo Claudio Araya, lo central es que la enseñanza sea vivencial, no teórica. Partiendo por un trato respetuoso dentro de la casa y por un esfuerzo, por parte de los padres, de entender el mundo interior de sus hijos, para fomentar así la empatía y compasión.

—Si no, hay un altísimo riesgo de que se reconozcan las inconsistencias y se invalide el discurso como falso —dice.

Con los niños más pequeños, Sara Schairer —quien se basa en un documento publicado en 2016 por el Journal of Personality & Social Psychology— recomienda fomentar pequeñas acciones que van desde pedir perdón si un reto es muy exagerado hasta ofrecerse para cuidar el perro del vecino. Y celebrar no solo los buenos actos de los propios hijos, sino también comentar los de otros, incluso los que se vean en las noticias o en películas, documentales y series de ficción.

Este tipo de diálogos son fundamentales para la Dra. Atkins y su coautora, Amanda R. Salzhauer. Pero, advierten, para que rindan los frutos esperados es necesario hablar sobre los sentimientos vinculados con los “buenos actos”, tanto al realizarlos como al recibirlos. Es la única forma, dicen, de generar una verdadera capacidad de ponerse en el lugar del otro, motor fundamental de la bondad. También ayuda sugerirles a los niños actos bondadosos que les hagan sentido a ellos, los que pueden diferir bastante de lo que aprecian los adultos.

—Por ejemplo, un niño al que le gusta leer puede recolectar libros para niños que no tienen ninguno —acota la Dra. Atkins—. Cada acto de bondad puede hacer una diferencia en la vida de alguien. Basta poner atención para descubrir las oportunidades de bondad que van apareciendo durante el día, comenzando por dejar el teléfono de lado y concentrarse en lo que se conversa con otras personas. Hacer un voluntariado en familia, ya sea una vez al mes o una vez al año, hace que padres e hijos se vean a sí mismos y al mundo desde nuevas perspectivas, porque muestran cualidades y talentos que no se ven el resto del tiempo. Generalmente, los niños admiran y respetan a sus padres cuando esto se hace.

Para Claudio Araya, de la Universidad Adolfo Ibáñez, la tarea de revalorizar la bondad cobra aún mayor importancia en el Chile de hoy, donde el estallido social de octubre ha planteado nuevos desafíos e interrogantes.

—Hoy es urgente poner en el centro de la educación el desarrollo de un trato humanizante. La crisis social que vivimos es una oportunidad inesperada y única para replantearnos —acota—. ¿Cómo podemos pedirle a un niño o joven que no sea violento, si a lo largo de su historia ha estado expuesto a un contexto violento, carente de afecto y apoyo, y ha vivido en una cultura que promueve y valida la violencia? Si hoy elegimos promover activamente la empatía, la compasión, una ética del cuidado basada en ver al otro como un ser que siente, en una generación podríamos ver cambios significativos en nuestra sociedad. Como dijo el Dalai Lama, entrenar la compasión no es un lujo, sino una necesidad, y lo que hoy vivimos en nuestro país lo muestra.

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