Martes 14 de Enero de 2020

Estrategia en inteligencia artificial

Los esfuerzos no deben apuntar solo a los aspectos científicos, sino también a la adopción de habilidades laborales.

Se ha hablado con insistencia de la desaparición de empleos que los procesos de automatización —muchos de los cuales están asociados a la inteligencia artificial (IA)— van a generar hacia el futuro, y de los desafíos que ello introduce en las políticas públicas de los países. Menos se discute, sin embargo, respecto de la preparación de esos mismos países y de su población al momento de adoptar técnicas de inteligencia artificial en los procesos productivos de las empresas, de modo de mantener su competitividad, o de organizaciones gubernamentales que requieran utilizarla para ofrecer servicios modernos y otorgarlos al nivel que las personas esperan.

Esto ocurre porque el concepto de IA ha estado mutando su significado, desde la mirada académica, científica, tecnológica e incluso filosófica con que originalmente las personas se aproximaban a ella. Inicialmente, la idea estaba asociada a la respuesta ante la pregunta de si era posible construir equipos que emularan o, más aún, superaran a la inteligencia humana, motivo de especulación y también de abundante literatura. Más recientemente, en cambio, el término IA ha adquirido un significado más cotidiano, referido al uso intensivo de datos surgidos del monitoreo digital de procesos o de interacciones entre personas, o entre personas e instituciones, los que se clasifican y procesan mediante algoritmos llamados de “aprendizaje de máquina”. Eso es lo que está permeando ahora como la idea de IA a nivel general. Se trata de técnicas que mejoran los pronósticos de futuro a los que se enfrentan las empresas, anticipan las preferencias de los consumidores o identifican patrones de diversa índole de una multitud de operaciones rutinarias en las sociedades contemporáneas.

La capacidad que tengan los países de generar las competencias laborales necesarias para que sus trabajadores puedan desempeñarse en compañías que utilizan estas técnicas es uno de los parámetros que mide el reporte sobre el Índice de IA elaborado por la Universidad de Stanford para el período 2015-2018 , y que fue dado a conocer el año pasado. En él, la adopción relativa de habilidades de IA en el mundo laboral por parte de las diferentes naciones deja a nuestro país como uno de los más atrasados entre los que fueron considerados. En efecto, los lugares de privilegio los ocupan India, con un índice de 2,5 (el máximo puntaje); EE.UU., con 2,0; China, con 1,6, e Israel, con 1,25; en la retaguardia se sitúan Chile, con 0,3; Luxemburgo, con 0,15, y Costa Rica, con 0,1. Aunque este índice no se refiere a la capacidad tecnológica que los países tengan en IA, sino a la adopción de las habilidades laborales necesarias para utilizarla en la empresa, el resultado obtenido no es, ciertamente, satisfactorio y evidencia desde otra perspectiva los problemas de nuestro sistema educacional, así como de un sistema de capacitación laboral que demanda urgentes reformas.

El Presidente de la República ya ha anunciado la elaboración de una estrategia nacional de inteligencia artificial, en línea similar a los esfuerzos que han estado haciendo otros países en esta materia. Dicha estrategia no solo debería considerar los aspectos científicos y tecnológicos involucrados, sino que, además, y a la luz de los hallazgos hechos por la Universidad de Stanford, la manera de conseguir que la adopción de habilidades laborales en esta área se incremente con rapidez.

Con todo, cabe destacar que si bien a nivel global la situación del país dista de lo óptimo, en el ámbito regional Chile parece presentar capacidades de capital humano avanzado en el área de IA efectivamente competitivas. De hecho, el gerente de la subsidiaria local de Microsoft ha destacado las posibilidades del país en esta materia. Incluso así, es ciertamente necesario asumir los resultados del estudio de Stanford como una importante advertencia para impulsar con más fuerza aún una estrategia nacional al respecto.

Problemas de Valparaíso

Se arriesga perpetuar un triste presente y agudizar las dificultades.

Su emplazamiento geográfico, con cerros que terminan abruptamente en el mar, y una arquitectura urbana que, aunque deteriorada, da cuenta de un rico pasado, son algunos de los elementos que vuelven a Valparaíso una ciudad única y llamativa, con una impronta de la que la mayoría de las urbes chilenas carecen y que llevó a su declaratoria como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Sin embargo, enfrenta desde hace años una situación compleja y sombría.

Confluyen causas de larga data, como el impacto que en su momento significó la apertura del canal de Panamá, que le arrebató protagonismo y debilitó su condición portuaria; el progresivo declive de su actividad industrial y comercial, o el traslado de gran parte de su población a Viña del Mar y Santiago. Pese a diversas iniciativas para potenciar un nuevo perfil, sustentado en la importante actividad universitaria o en su atractivo turístico, persiste la dificultad para encontrar un proyecto de ciudad que congregue voluntades y recursos; incluso, la controvertida decisión de haber instalado allí la sede del Poder Legislativo no logró marcar un punto de inflexión. En cambio, han agudizado los problemas la deficiente gestión de muchas de sus últimas autoridades locales, acompañada de graves problemas de corrupción y una ciudadanía crítica, pero a la vez muy dependiente de la acción municipal. Así, Valparaíso arrastra déficits que le impiden brindar a sus habitantes mejores condiciones de vida.

Ha golpeado también al puerto la recurrencia de catástrofes de distinto tipo. Particularmente grave ha sido el efecto de sucesivos incendios, que han dejado un saldo de pérdidas humanas y materiales lamentable. Llama la atención aquí la repetición del patrón de ocurrencia, donde se advierte intencionalidad, pero en contadas ocasiones se logra detener y sancionar a los culpables. Las tragedias, además, no han impedido que muchos habitantes sigan optando por levantar sus viviendas en zonas de alto riesgo.

Ante este escenario, resulta difícil entender la actitud de las actuales autoridades locales frente a proyectos de inversión que hubieran traído dinamismo a una economía alicaída y que han terminado frustrados por las trabas encontradas. Es por eso que el sector empresarial reclama mejores condiciones para emprender y se hace evidente la necesidad de algún tipo de alianza público-privada que permita un desarrollo hoy esquivo.

Se agrega ahora a los problemas el impacto de la crisis social en curso. Grupos violentistas han actuado con especial encono en el plano, saqueando el comercio y atacando propiedad pública y privada, incluidos edificios de importante valor patrimonial. También aquí la actuación del alcalde ha sido controvertida, con una actitud calificada de ambigua ante la violencia y que ha incluido la presentación de recursos judiciales para restringir la acción policial.

De este modo, la ciudad presenta hoy un aspecto lamentable, que requiere acciones urgentes por parte de las distintas autoridades involucradas. Como primer paso, es fundamental que el jefe comunal sume esfuerzos con el gobierno regional para conseguir el restablecimiento del orden público y así crear condiciones que permitan la recuperación de la actividad. De otro modo, se arriesga perpetuar el triste presente de Valparaíso y agudizar los problemas que hoy lo afligen.

Equilibrio en Taiwán

Los taiwaneses están conscientes del papel que juegan en la dinámica internacional, en un escenario de fuertes tensiones entre China y Estados Unidos.

El triunfo de Tsai Ing-wen en las elecciones de Taiwán es un espaldarazo a la Presidenta, quien hizo una campaña centrada en la defensa de la democracia y la seguridad de la isla, a la que China considera una “provincia renegada” y aboga por una reunificación bajo el modelo de “un país dos sistemas”. En el nuevo período de gestión, Tsai tendrá que mantener un delicado equilibrio entre seguridad e independencia política para evitar las tensiones con Beijing, que se inclinaba por el candidato perdedor Han Kuo-yu, favorable a una política de diálogo y cooperación bilateral.

Si bien Tsai pertenece al Partido Democrático Progresista, que propugna la independencia de la isla, ha sido cautelosa en no hacer una declaración formal al respecto, pero sí sostiene resueltamente que para Taiwán no vale un acuerdo similar al que China tiene en Hong Kong, porque ese sistema no es viable para preservar la actual democracia. La Presidenta, que hace menos de un año iba segunda en las encuestas, se vio muy favorecida por el movimiento prodemocracia en la ex colonia británica, que en julio retomó fuerza con protestas en contra de un decreto que permitía la extradición a China.

Antes de eso, unas provocadoras declaraciones del líder Xi Jinping, quien abogó por la reunificación mediante negociaciones, sin descartar el uso de la fuerza para conseguirlo, le habían dado impulso a su candidatura. Un millón de nuevos votantes jóvenes, que en general son más proclives a la independencia que los mayores, que sienten más temor a China, fueron un electorado clave para que Tsai obtuviera el 57 por ciento de los votos y la mayoría en el Parlamento.

Taiwán cuenta con el apoyo irrestricto de Estados Unidos, a pesar de que no mantienen relaciones diplomáticas desde 1979, cuando la potencia estableció su embajada en Beijing. Taipéi confía en Washington para su seguridad, le compra armas y equipo militar, y mantiene un fluido intercambio a nivel económico y comercial. Para Estados Unidos, Taiwán, además de tener valor por ser símbolo de que la cultura china no es óbice para que se desarrolle la democracia, tiene un evidente valor comercial —por su gran capacidad productiva en bienes de alta sofisticación tecnológica— y militar, por su privilegiada ubicación estratégica, a 160 kilómetros de China continental. Para China, la reunificación es una aspiración desde el fin de la guerra civil, en 1949, pero también porque la isla le permitiría ampliar su presencia naval y confirmar su dominio de esa zona marítima. Por ello, el resultado es, de alguna manera, también una derrota para Beijing —que incluso habría impulsado campañas virtuales en favor de Han, según algunas publicaciones internacionales— y su estrategia frente a la isla.

Los taiwaneses están conscientes de su situación y del papel que juegan en la dinámica internacional, cuando Estados Unidos y China buscan superar su guerra comercial. Por eso, la Presidenta ha aprovechado esta coyuntura para reforzar su posición de defensa de la soberanía de la isla, afirmando al momento de su victoria que “los taiwaneses no aceptan amenazas ni intimidaciones”, que se han visto obligados a “mantener capacidades de defensa”, porque China y Taiwán “son responsables de mantener la estabilidad y la paz en la región”, pero que esperan que “China sepa interpretar el mensaje de los taiwaneses”, y que los “pilares” que deben guiar la relación bilateral son la “paz, paridad, democracia y diálogo”.

En este segundo mandato, se espera que Tsai siga aplicando una política de seguridad con flexibilidad al ejercer la soberanía de facto de que disfruta Taiwán, de manera de prolongar el statu quo que le ha sido favorable, evitando cualquier enfrentamiento directo con China y las eventuales represalias militares.

Angustia constitucional

Ambos sentimientos al interior de la centroderecha y otros sectores debieran converger en una propuesta de orden político.

La derecha abrazó el acuerdo constitucional de noviembre. Incluía la posibilidad de votar que No a la idea de una nueva Constitución; se suponía que lo decisivo sería influir en la redacción de la nueva Carta. Si la alteración en el país disminuyó, quedó un fuerte remanente que lo erosiona, sobre todo en educación, con empleo de violencia apoyado por una parte de la población y alentado, por expresión u omisión, por un sector político. Los que miran, no sin razón, espantados o desconcertados la crujidera institucional han reaccionado disponiéndose a votar un resonante No, porque temen una crisis radical en el país. Buscar en la Carta una solución a los problemas nacionales es lo que se denominó “mentira vital”, una ficción movilizadora en la que se tiene fe en que todos los males se curarán con una nueva Constitución, que se agregará a la fútil lista de más de 250 constituciones latinoamericanas en dos siglos de vida republicana.

Por otro lado, un realismo mínimo comprueba que el país en su mayoría se enamoró de esa mentira vital donde, como en tantos actos de la vida, se dice una cosa para significar otra, y podría ser camino de pacificación (es tenue la esperanza). Una de las almas de la centroderecha, que también corresponde a nuevas generaciones, atisba el peligro de un alud electoral por el Sí que desprovea de fuerza su participación en lo que siga del proceso constitucional; igualmente, se sienten complicados por el pecado original de la Constitución de 1980, lo que refuerza su Sí. Como los sentimientos siempre son complejos, abrigan además el temor de que, al sumarse al proceso constitucional, contribuyan a la “página en blanco” y al desmantelamiento del país. ¿Hay una escapatoria a este dilema?

La hay. Ambos sentimientos al interior de la centroderecha y otros sectores angustiados por el dilema debieran converger en una propuesta de la idea de orden político —que incluya lo cotidiano— y presentar una apuesta de país, que a la derecha le cuesta verbalizar. Debe ser, asimismo, un rechazo a los modelos implícitos de la protesta radical, la democracia de movilización, hasta que todo esté agotado. Conocemos sus ejemplos. La apuesta propia del Sí y del No del sector, y de ese amplio país más o menos independiente que le sigue, y que a veces la abandona, debería contener algunas vigas maestras. A modo de ejemplo:

Que, a contracorriente de la patología de moda de borrar la historia, se recoja la fuerza de dos siglos de desarrollo constitucional y muchos elementos de continuidad del origen de la república, incluyendo aspectos positivos de la del 80; nada de ello fue un puro salto al vacío, y además, este cuerpo en cierta evolución reflejaba, aproximadamente, el de las grandes democracias modernas; que se refuerce la separación racional de los tres poderes; que el pluralismo de opiniones y persuasiones y la libertad de los medios se fortalezcan, en línea, por lo demás, con el Estatuto de Garantía de 1970; que los padres tengan derecho en lo referente a la educación de sus hijos; que la Carta transpire un equilibrio normativo entre derechos y deberes; que en lo social y económico, junto a los inevitables cambios, se contenga un freno institucional de autodisciplina económica y financiera, del que careció el Chile de la época de la Constitución del 25.

El texto en lo básico debe permanecer como uno de tipo político, pues eso es en lo que consiste una Constitución. La sociedad se forma y reforma en lo económico y social por medio de la acción de privados y de los poderes públicos, cada uno con su autonomía insustituible y acompañado del debate abierto. Será algo diferente a la milagrería que ahora se declama.

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Oasis o espejismo

Ya se sabe que el panorama preñado de expectativas en que vivíamos no era un oasis sino un espejismo, ilusión óptica en la que una vertiente renovadora de nuestras fuerzas no existía. En verdad, a pesar del camino recorrido, seguíamos en el desierto, no existía ni agua ni vegetación, sino la árida arena que nos había desunido.

Lo que correspondía era reaccionar ante los desórdenes que trastornaban calles y caminos de este territorio doctorado en emergencias y catástrofes. Sin embargo, la capacidad con la que levantábamos el ánimo para reiniciar la ruta no es apreciable en este caso. Las manifestaciones sociales legítimas y admisibles siguen expresándose confundidas con agresivas conductas delictivas que no respetan los derechos y libertades de quienes no comparten la violencia y el delito como instrumento de reclamo de postergaciones y carencias.

En ese panorama, inquieta que se insista en los espejismos. Ahora se predican esperanzas y soluciones sobre la base de dictar una nueva Constitución, que se concibe como benéfica y salvífica. Sin perjuicio de que el actual texto necesita, por cierto, revisiones y enmiendas, no parece ni conveniente ni oportuno paralizar el país en un esfuerzo que no resolverá los problemas que lo aquejan, mientras algunos en paralelo dicen solucionarlos a punta de peñascazos y saqueos.

El orden y el Estado de Derecho son el oasis que buscan los sufridos beduinos chilenos.

Corusco

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