Martes 31 de Marzo de 2020

Teletrabajo y familia:

El nuevo desafío

La gran cantidad de memes en redes sociales que muestran parejas peleándose o hijos pequeños haciendo que el trabajo desde la casa sea prácticamente imposible refleja que el ideal del teletrabajo no siempre se cumple, por más que la ley recién promulgada intente regularlo. Pero la pandemia de coronavirus pasará y para entonces, según los expertos, habremos aprendido a valorar esta herramienta en su justa medida.

Por Sofía Beuchat.

No lo elegimos, nos tocó. Progresivamente, todos los que podíamos trabajar desde la casa nos vimos obligados a hacerlo, en un intento por reducir el contacto entre las personas y así aplanar la curva de expansión del coronavirus en Chile. Según un estudio de la consultora de recursos humanos Randstad, el 53 por ciento de las empresas en Chile puso en marcha el sistema de teletrabajo cuando entramos en la fase 4; para fines de la segunda semana de marzo, justo antes de que se aprobara la ley que regula el trabajo a distancia, la cifra había llegado al 72 por ciento.

Pero las circunstancias obligaron a que todo esto ocurriera sin que la mayoría de las empresas —y las personas que trabajan en ellas— estuvieran preparadas para aplicarlo. Y nuestras familias, tampoco. De pronto, padres e hijos se encontraron encerrados en sus casas, intentando lidiar con las responsabilidades y metas del trabajo, con la falta de colegios y salas cuna, con las tareas habituales del hogar y, en la mayor parte de los casos, sin redes de apoyo como los abuelos.

—Los primeros días creía que lo que venía era fascinante —cuenta María Ignacia Burr, psicóloga de Clínica Las Condes—. Pensé: ya no voy a perder entre 45 minutos y una hora diaria todas las mañanas yendo de mi casa al trabajo, a mis pacientes los puedo atender por video, y voy a estar más con los niños, para ayudarles a hacer las tareas y todas esas cosas. Pero ahora veo que mis niños requieren más tiempo del que les puedo asignar.

Sus hijos, cuenta, tienen 6 y 11 años. Si bien el colegio les envía material para que avancen con las clases en la casa, en la práctica necesitan de un adulto constantemente, para abrir algunos archivos, también para que no se distraigan. No tienen la edad suficiente para contar con la autonomía que requiere la educación a distancia, situación que se complica aún más en el caso de los niños que están en la etapa de jardín infantil o prebásica.

—A un niño de quinto básico hacia abajo, si lo dejas solo, dura 5 minutos autónomo. Esta es una sobrecarga absoluta para los padres y nos pilló desprevenidos, desorganizados. Para que el teletrabajo funcione, tiene que haber un compromiso familiar, lo que es un desafío para las familias y para las parejas. En mi caso, mis niños han entendido que mi espacio de trabajo es inmaculado. Si me quieren preguntar algo, me tiran papelitos por la puerta. Pero igual, con las interrupciones, me cuesta más conectarme.

Además, evidencia Burr, el sistema del colegio a distancia está pensado para una realidad que se ve poco en Chile y, por lo tanto, aumenta sesgos socioeconómicos que influyen en los resultados de la educación. Se pregunta, por ejemplo, cuántas familias tienen el lujo de contar con un computador para cada hijo.

—Cuando no es así, tienes que implementar un sistema de turnos, y eso es impracticable —acota. Y luego ironiza:

—El teletrabajo puede ser genial, efectivamente puede darse como cuando ves esas fotos de la familia feliz, pero para eso necesitas casas grandes, con dos escritorios, no departamentos de 50 metros cuadrados donde viven 5 personas.

La triple jornada

En Chile, los primeros intentos por darle un marco legal al teletrabajo son del año 2001, donde, en la Ley 19.759, se reconoce la existencia de esta figura. Más tarde, con la reforma laboral que entró en vigencia en abril de 2017, se incluyeron algunos elementos regulatorios. Pero recién el pasado martes 24 de marzo se promulgó una ley específica sobre el tema, que busca mantener los derechos del trabajador que asuma este tipo de trabajo, como contar con contratos o formar parte de sindicatos. La ley también atribuye los costos operacionales al empleador y reconoce el derecho a estar sin conexión, para garantizar el descanso de las personas.

Pero, como explica Enrique Chía, psicólogo especializado en emergencias, crisis y salud organizacional y académico de la Universidad Católica y Universidad Alberto Hurtado, el teletrabajo al que hoy estamos expuestos se da en un contexto específico. Un contexto que, desde su mirada, puede ser incluso favorecedor: asegura que es más fácil adaptarse a este sistema de trabajo en una situación extraordinaria que en un contexto de normalidad.

—En la cuarentena, la persona está obligada al teletrabajo. Aunque no le guste, lo va a tener que realizar y compatibilizar ese trabajo con otras labores de la casa. Es una situación obligada externa y donde todos están en las mismas condiciones, por lo que hay que acatar y adaptarse, sin mayores cuestionamientos. Esto produce más tranquilidad mental y disminuye la ansiedad y la incertidumbre —opina.

Sin embargo, para las mujeres el teletrabajo es particularmente difícil en un escenario como el de hoy, especialmente en el caso de mujeres separadas y de hogares monoparentales; el 77 por ciento de los cuales, según la Encuesta Casen de 2017, son liderados por mujeres. A nivel mundial, según un informe del Fondo Monetario Internacional de 2019, ellas destinan 4,4 horas al día a asumir tareas domésticas; los hombres, solo 1,7. En Chile, según el mismo informe, la realidad no es demasiado diferente: en promedio, los hombres destinan 2,4 horas diarias a labores como cocinar, limpiar o el cuidado de niños y enfermos, mientras las mujeres dedican a ello 5,3. Es decir, prácticamente tres horas de diferencia.

Si esto se da con la usual doble jornada trabajo-casa, hoy se suma en muchos casos una triple jornada, porque además hay que preocuparse de la educación de los hijos.

—Las mujeres las hacemos todas. Contestamos mails mientras echamos los tallarines a la olla. Esa multifuncionalidad nos ayuda, pero también nos satura. No podemos permitir que la tecnología, la disponibilidad digital 24/7, nos estrese tanto.

En ese sentido, acota Burr, está muy bien que la nueva ley de teletrabajo incorpore el derecho a la desconexión, es decir, el derecho a contar con 12 horas ininterrumpidas de descanso.

—Hay que ordenar esto, porque si no te manejas bien, terminas hasta yendo al baño con el computador. Tener mil cosas en la cabeza no nos hace bien, porque afecta nuestra calidad de vida y reduce nuestra eficiencia —dice al respecto María Ignacia Burr.

Enrique Chía reconoce que, si bien en Chile se ha avanzado bastante en la igualdad de género en los últimos años, todavía hay diferencias significativas y en la mayoría de los hogares la mujer asume gran parte de las tareas de la casa.

—Si a esto le agregamos el teletrabajo, vemos claramente que la mayor parte del trabajo en esta situación se lo lleva la mujer. Por otra parte, el hombre es mucho menos versátil psicológicamente que la mujer, por lo que le cuesta más todavía asumir tareas múltiples. El desafío de la cuarentena es ir igualando esas cargas de trabajo, para que se puedan repartir más equitativamente todas las tareas.

En este sentido, la psicóloga María Ignacia Burr cree que, al estar ambos padres en la casa, es posible que para muchos hombres la carga de trabajo de la mujer se visibilice más, lo que puede fomentar en ellos una mayor empatía. Muchos hombres, explica, no se dan cuenta realmente de que las mujeres están sobrecargadas, simplemente porque no lo ven.

Pero, en no pocas ocasiones, esta situación —sumada a la cercanía obligada que a veces roza el hacinamiento— es fuente de conflictos entre las parejas y también en las familias. En redes sociales abundan los memes al respecto. Pero, para Enrique Chía, no deben tomarse muy en serio. A su juicio, en las familias y parejas que tienen una buena y sana relación, el teletrabajo pasa a ser una actividad cotidiana más, que se incorpora naturalmente a la vida familiar y que puede incluso ser bastante positiva, por la posibilidad de estar más juntos. Sin embargo, en las familias disfuncionales, puede ser un factor más de conflicto, como tantos otros. Explica:

—El encierro y la sobrecarga de trabajo, más la incertidumbre de la situación, claramente pueden provocar que haya más discusiones y roces de los habituales, especialmente si hay niños chicos y mascotas que requieren de espacio y actividad física, pero estos se deben dar dentro de los contextos habituales de las discusiones menores, que no producen una escala en la que el tono de la discusión sube y se hace peligroso. En cambio, el pasar más tiempo juntos no debiera ser motivo de conflictos, al contrario, debiera ser el punto más positivo de la situación. Si se producen peleas y discusiones por eso, lo más probable es que haya problemas importantes (previos), que no han sido abordados de buena forma.

Unos sí, otros no

Sin duda estamos en una crisis, pero no hay que olvidar que éstas, dice Enrique Chía, son transitorias por definición.

—Todas terminan, y las personas se reorganizan. Si se adaptan a la nueva situación, no hay problema porque las personas salen fortalecidas, con nuevas habilidades, con mejor autoestima, con la sensación de ser capaces de superar situaciones difíciles. El problema es cuando la persona no se adapta bien a la nueva realidad y queda vulnerable, lo que se puede traducir incluso en trastornos mentales.

Las personas que viven en familias, parejas o en comunidad, en este contexto, están más protegidas desde el punto de vista de la salud mental que las personas que viven solas, particularmente si no tienen otras fuentes de contacto social que el trabajo. Según el censo de 2017, uno de cada seis hogares es habitado por una persona sola, lo que corresponde a más de un millón de personas. Es una tendencia en aumento: en el censo de 2002, se registraron poco más de 480 mil.

—No podemos dejar de mencionar el gran peligro que tiene el trabajo frente al computador: uno se puede quedar sin mediadores sociales, sin amigos, sin relaciones y vínculos reales, y eso puede conducir a procesos de alienación muy peligrosos, en los que aumenta fuertemente la depresión, la ansiedad, los procesos disociativos, desarrollos psicóticos. O sea, enfermedades muy graves, gatilladas por la falta de contacto humano.

Por esta razón, los especialistas coinciden en que el teletrabajo, asumido de manera permanente, no debiera ser la opción para personas que viven solas.

Según María José Bosch, directora del Centro de Trabajo y Familia del Ese Business School de la Universidad de Los Andes, es vital que las empresas tengan apertura y flexibilidad para que, una vez pasada la situación de emergencia actual, el teletrabajo se instale como una opción personalizada, donde las necesidades de las empresas se adecuen a las de las personas. Esto, explica, se conoce como “idiosyncratic deals” (acuerdos idiosincráticos).

—Las empresas tienden a estandarizar este tipo de medidas, cuando no debieran ser iguales para todos: algunos pueden querer, por ejemplo, teletrabajar solo tres días a la semana, o solo en las mañanas, o solo cuando les toca asumir tareas específicas —explica.

Además, es un estilo de trabajo que funciona mejor en algunas personas y en otras, puede ser fuente de conflictos o bajas de rendimiento.

—Hay personalidades segmentadoras, a las que les gusta separar el trabajo de la casa y se sienten invadidas cuando tienen que hacer cosas de la oficina en su hogar. Otras son integradoras, esto no les preocupa. También están los extrovertidos, que se energizan en contacto con otras personas, y los introvertidos, que se energizan solos. Para el teletrabajo, la peor combinación es el segmentador extrovertido —acota.

Una opinión similar tiene María Ignacia Burr:

—El teletrabajo es una opción para personas más disciplinadas, que son capaces de tener autocontrol, de ponerse horarios. Sin esa capacidad, puede ser un caos. Las personas más desorganizadas necesitan sistemas externos de trabajo —explica.

Con todo, Chía opina que el teletrabajo “llegó para quedarse” y que la actual emergencia sanitaria solo va a acelerar esta situación. Advierte que todos tendremos que hacer uso de “toda nuestra flexibilidad y capacidades adaptativas para un mundo en el que va a haber muchos cambios, aunque no queramos”.

Este, dice, es un mal momento para ser conservador y lo mejor que podemos hacer es aprender de esta experiencia.

En la misma línea, María José Bosch advierte que la situación actual no puede usarse para evaluar los frutos del teletrabajo, al que los estudios asocian con beneficios como aumentos en la productividad, motivación y compromiso de los trabajadores, cuando se confía en el empleado y se funciona con metas y reglas claras. Aunque, acota, la crisis desatada por el coronavirus “sí dará pistas” en ese sentido. Por ejemplo, demostrará cuán útil puede ser el teletrabajo en un país tan centralizado como el nuestro y que cuenta con una misma zona horaria: una empresa puede encontrar el mejor talento para una función en ciudades alejadas y aún así contratarlo.

—En el futuro, discutir sobre la necesidad de ir todos los días a la oficina será tan anticuado como hoy lo es la discusión sobre el derecho a fumar en los aviones —asegura.

Para las personas, un mensaje positivo en este sentido es fundamental para seguir adelante y salir a flote con más fortalezas y transitar por la situación actual con un sentido de oportunidad.

—Estoy trabajando desde la casa con un hijo en segundo básico, con teletareas y trabajo, y con un familión de 5 personas compartiendo espacios 24/7. Es complejo y desafiante. Pero creo que se puede, con orden, organización y buena disposición. Al final, esto es algo nuevo para muchos y la práctica hace al maestro. He visto tanto mensaje de calamidad y desesperación que creo que necesitamos un baño de optimismo, necesitamos pensar que se puede. Especialmente si esta es la nueva forma de funcionar que, por lo que se ve, nos acompañará todavía por un buen tiempo —dice Ángela Padruno, 49 años, quien trabaja en el área comercial de una empresa mediana.

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