Domingo 29 de Noviembre de 2020

Entrevista Relatos entre la ficción y la realidad

Roberto Castillo: “El obituario es el género literario del año”

El escritor chileno radicado en Estados Unidos lanza Muertes imaginarias , una colección de perfiles de artistas, científicos, rockeros y escritores que mueren este 2020. Casi todos víctima del covid-19.

Roberto Careaga C.

Al final, lo que sacó del bajón a Roberto Castillo (1957) fueron los obituarios. Seco, sin ganas de escribir, decidió empezar a traducir del inglés cuentos y capítulos de novelas que le gustaban, hasta que llegó a sus manos un ejemplar de un número de fin de año de la revista dominical de The New York Times. Lo publican todos los años, siempre lleva el mismo título, “The lives they lived” (Las vidas que vivieron) y recoge una selección de los más destacados obituarios del año: como el género lo demanda, son síntesis que narran los puntos altos de personas más o menos relevantes a la luz de su partida, y para Castillo fueron iluminadores. También los tradujo, pero ese fue el inicio: terminaron siendo el impulso para que él creara sus propios personajes, incluidas sus muertes, por supuesto. Casi siempre necesitó recurrir a la ficción.

“Recuperé mi creatividad y empecé a transformar algunas de esas traducciones en escritura nueva, a cambiarles detalles a los muertos, señas de identidad, los puse en épocas y lugares distintos, hasta que se convirtieron en versiones nuevas, mutaciones, reciclajes, remixes, algunas muy distantes del original, otras no tanto, algunas reconocibles, otras mucho menos”, cuenta Castillo desde Filadelfia, Estados Unidos, donde vive. Mira a la cámara del computador y de lo que habla es de su nuevo libro, Muertes imaginarias, que acaba de publicar editorial Laurel y sigue exactamente la idea de la revista de The New York Times: se trata, supuestamente, del número de cierre del 2020 de la revista Caveat Lector y trae los obituarios de algunos de los personajes más relevantes de este año de pandemia. Artistas, deportistas, científicos, escritores, millonarios, rockeros, excéntricos, todos potencialmente la carne de una novela.

Autor de una novela que ha crecido con los años, Muriendo por la dulce patria mía (1998), y de las crónicas Antípodas (2014), Castillo también tiene una carrera como traductor: el sello Hueders publicó sus versiones de Una historia de Wall Street (2017), de Herman Melville, y Wakefield (2019), de Nathaniel Hawthorne. Ahora trabaja con textos de Edgar Allan Poe. Pero es más que un trabajo: “La traducción para mí es tan potente porque es como un faro que alumbra para los dos lados: ilumina la lectura y la escritura. La traducción contiene toda la problemática de lo que es escribir y también de lo que es leer”, dice Castillo, profesor de Español del Haverford College, en Pensilvania, desde 1991.

En cierto sentido, Muertes imaginarias es un texto de traducción: Castillo traduce la necrológica del estilo anglosajón, que en sus mejores momentos funciona casi como cuentos, pero se despega de los hechos reales para crear un mundo paralelo: en esta revista —que tiene un editor, Gabriel Meredith— aparece una colección de raros, que la historia o ellos mismos pusieron al margen: una cocinera china que desde Chile escribe libros culinarios; un escultor que en pleno auge de la vanguardias de los 60 y 70 se obsesiona con lo clásico; un exagente de la Dina que jura que una escritora le ha robado su vida para una novela; una ventrílocua salvaje que fascina a Raúl Ruiz, o una secretaria de Mario Vargas Llosa tan eficaz que consiguió que el mundo no se enterara de que el peruano, en realidad, murió a fines de los 90.

Son vidas desconectadas, pero Castillo las une por un dato contextual que se ha vuelto insoslayable: muertos en 2020, casi todos los personajes estuvieron afectados por el covid-19. Uno o dos se suicidaron, otro quizás es asesinado, pero el resto se contagió con el virus. Originalmente, Muertes imaginarias estaba prácticamente listo en 2013, pero Castillo lo terminó este año y no pudo saltarse la pandemia. “Este año cambió el significado de la muerte. Se resignificó la necesidad de conmemorar la muerte. El obituario es el género literario del año, cosa que, por supuesto, jamás me imaginé al momento de planear la publicación de estos textos”, dice.

Como Marcel Schwob, en Vidas imaginarias, Roberto Bolaño en Literatura nazi en América o Andrés Gallardo en Obituario, Castillo imagina vidas que imitan las reales y, echando mano del clásico recurso borgiano, se ocupa de confundir: el libro trae una bibliografía donde hay algunos datos reales, como también toda una iconografía, con fotos y portadas de libros creadas por la ilustradora Andrea Goic sobre los personajes de Muertes imaginarias y sus supuestas creaciones: “Entre esas biografías hay cosas reales, pero también hay pistas ciegas. El juego es tratar de despertar en el lector la pregunta acerca de cuál es el límite entre la realidad y la ficción”, dice Castillo.

—Más allá de haber muerto en 2020 en medio de la pandemia, ¿qué une a estos personajes?

—Esto lo pensé mucho después, cuando de alguna manera ya tenía todos los ataúdes frente a mí: que todos estos personajes están chilenizados. Una experiencia tan variada como la muerte está unificada por una relación fuerte o tenue con Chile. Se reconocen o no reconocen como chilenos, hay una tensión respecto de su identidad. Hay una atleta nacida en Chile que en la cima de su éxito, ya convertida en noruega, se niega a hablar en español con el cónsul chileno.

—También pareciera que estos personajes nunca están en el centro de sus disciplinas, pero al morir son descubiertos por estas necrológicas

—Tienen algún rasgo que los aparta, nunca encajan del todo. La ironía es que la muerte los resalta. La muerte se revela como un texto abierto, como un libro a escribir. Que la muerte te haga salir de las sombras es súper raro, porque la percepción general es que la muerte es entrar en las sombras. El obituario hace eso, es como desenterrar un muerto y decir: “Mírenlo, les voy a contar ciertas cosas de este cadáver”.

—¿Qué le interesa de la necrológica?

—Es un género bastante rígido, pero que acepta sucedáneos. De repente aparecen unas entrevistas que reflejan la vida de la persona que ha muerto. Como género, el obituario antes solía hacer dos cosas: destacar logros individuales y reafirmar valores sociales consensuados. Una versión sofisticada y cada vez más especializada del tópico “qué bueno que era el finado” (las mujeres brillaban por su ausencia). La repentina preponderancia de la muerte altera su significación y eso produce un cambio en la función del obituario, como pasó en el mundo anglosajón a partir de la I Guerra Mundial. Ahora, como entonces, la mortandad sobrepasa al género, lo desborda, como se ve en las formas de memorialización que inventaron algunos diarios para graficar de alguna forma la extensión de la muerte real con un inmenso cementerio imaginario en primera plana, con los nombres de los muertos.

—Así como este libro fue modificado por la pandemia, ¿cree que el virus de alguna forma podrá cambiar la manera en que se enfrenta la literatura?

—Creo que es un antes y un después. Es como una guerra. Es insoslayable como una experiencia común, más allá de un país. El año de la pandemia es como una nueva parte de la geografía: es como si hubiera salido una nueva cordillera. Hay que reconocer que está ahí, incorporarla a la realidad. Cuando se iban alcanzando los hitos de muertos por la pandemia, la gente iba comparando: cuando se llegó a los 3 mil muertos en Chile se habló de la cantidad de muertos de la dictadura. Acá, en Estados Unidos, cuando se llegó a los 57 mil, se habló altiro de Vietnam. Ahora estamos llegando a la cantidad de muertos de la Segunda Guerra Mundial. Ahí uno se da cuenta de lo tremendo que es esto.

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