Sábado 13 de Abril de 2019

Guy Wenborne:

Desde el cielo y la tierra

Hizo de su hobby su trabajo y profesión; primero, dedicándose a la fotografía de arquitectura, y luego, a la que lo apasiona: la del territorio nacional. Guy Wenborne Huyghes lleva más de 28 años recorriendo Chile de norte a sur, registrando su indómita y abrumadora geografía, caminando, volando o navegando. Imágenes que ha compartido en alrededor de 35 libros y que le han permitido también “armar un discurso crítico sobre lo que estamos haciendo con el patrimonio natural”.

Texto, Beatriz Montero Ward. Retratos, Carla Pinilla G. Fotografías, gentileza Guy Wenborne.

En enero estuvo 20 días en la Antártica. No era la primera vez que iba, pero sí la primera que sobrevolaba ese gélido territorio para hacer tomas aéreas. Y lo hizo, como siempre, desde dentro de la cabina del avión, amarrado con un arnés a la estructura y con la ventana abierta. “Es emocionante estar suspendido en el aire frente a un escenario maravilloso, sintiendo los 20 grados bajo cero y el frío en la punta de los dedos”, dice Guy Wenborne en su oficina en Santiago donde, además de libros y fotografías, tiene colgada, casi como trofeo, la colección de mochilas que lo han acompañado en sus cientos de viajes.

Conoce el territorio nacional de extremo a extremo. Pero aún no deja de sorprenderse con la belleza y fuerza de sus parajes, con los tonos de las luces que lo bañan, con su gente habitándolo en los sitios más inhóspitos, alejados y en completa soledad. Guy Wenborne se confiesa un enamorado de Chile y desde muy temprano tomó la decisión de dedicarse, casi a tiempo completo, a retratar su geografía, siempre a todo color, porque el blanco y negro, lo mismo que el papel, nunca ha sido su lenguaje.

Hijo único de los arquitectos Patricio Wenborne, quien fuera socio de Eduardo San Martín y Enrique Browne, y Elizabeth Huyghe, dedicada al paisajismo sustentable, Guy cursó sus primeros estudios en La Girouette, un establecimiento educacional –como él dice– “experimental para aquella época”, desde donde saltó al Saint George, “entonces en plena etapa de experiencia Machuca”, comenta. Sus padres, ella nacida durante la Segunda Guerra Mundial en Normandía y él chileno, pero descendiente de familia británica y judío-francesa, no querían para él un colegio de colonia, sino uno en el que pudiera integrarse a la sociedad chilena. “Fui bastante porro, y tercero y cuarto medio los pasé raspando. Pero no por desordenado, sino porque siempre tenía la cabeza en otra parte”, recuerda.

Fueron los veraneos de dos meses con su abuelo paterno en Villarrica, un experimentado piloto y jefe de mantención de la Pan American Grace Airways, que volaba su propia avioneta –un Cessna 172–, los que año a año dibujaron el destino de Guy. Juntos iban a pescar a lugares remotos, como los lagos Yelcho, Pirihueico y Tromen en Junín de los Andes; andaban en bote, bajaban ríos, se internaban por los bosques y observaban la naturaleza. Aventuras que siempre terminaban de la misma manera, como un ritual, tomándose una fotografía con los peces capturados. “Era un abuelo outdoor, que me dejó una impronta muy fuerte”, dice. Elizabeth recuerda: “Guy debe haber tenido 10 años cuando me llamó la miss Patricia para decirme que tuviera cuidado con las fantasías de mi hijo, porque contaba que volaba aviones, manejaba la lancha, cazaba, pescaba…”. En la casa del lago, además de los registros gráficos de esos paseos, su abuelo atesoraba una enorme colección de revistas National Geographic, hoy en sus manos, que hojeaba y observaba con avidez. “Esos trabajos fueron dejando en mí una semilla que, a la larga, determinó que fuera fotógrafo”, puntualiza.

Su primera cámara, una Canon A1 que costó ocho mil pesos, se la regalaron sus padres el año 82. Tenía 16 años y con ella comenzó a experimentar con la luz, a hacer fotos nocturnas y a registrar los viajes, en especial uno a Europa, junto con su prima, que le obsequiaron sus abuelos maternos. “Era muy tímido y con esa cámara descubrí un lenguaje maravilloso, un medio de expresión”, recuerda. El 84, el año que egresó del Saint George, concursó con tres imágenes para la portada del anuario y ganó con una que capturó en los patios del colegio la mañana siguiente de un día lluvioso. “Esa fue la primera foto que publiqué”, dice.

Siempre tuvo claro que las carreras tradicionales no eran para él. Dio la PAA dos veces sin buenos resultados y finalmente entró a estudiar Administración Agroindustrial en el IPS. “Tomar un camino distinto en una familia con padres profesionales destacados era difícil, pero llegó el momento en que sentí que no podía seguir perdiendo el tiempo, porque el taxímetro corría. Entonces resolví hacer de mi hobby mi trabajo”. De inmediato cambió la Canon por una Nikon, su marca favorita y la única que usa, e ingresó a los cursos de extensión de la UC: al de fotografía con Patricia Novoa y al de color con Eduardo Vilches. Y comenzó con lo que viniera: bautizos, matrimonios… todo era bienvenido, hasta que encontró un buen nicho en la fotografía de arquitectura. “Les ofrecí a todos los amigos de mis padres el servicio de registrar sus obras”. Se especializó y le fue bien. Hizo trabajos para Eduardo San Martín, Enrique Browne, Cristián Undurraga, Christian de Groote, Felipe Assadi, Mathias Klotz, Germán del Sol… “Captó de inmediato el sentido de la arquitectura, que una buena obra no es una escultura, sino un lugar donde se quiere estar y permanecer. Sabía pasearse con libertad y registrar detalles y aspectos con los que te sorprendía. Pero, además, mostró una gran sensibilidad para incorporar en sus tomas el ambiente natural y cultural del entorno”, advierte Del Sol, para quien fotografió los hoteles Explora de San Pedro de Atacama y Torres del Paine y el Remota de Puerto Natales.

Pero la naturaleza, que siempre le estuvo guiñando el ojo, fue más fuerte. Porque nada apasiona más a este fotógrafo autodidacta, casado con Josefina García-Huidobro y padre de tres hijos (Sofía, de 24 años, Tomás, de 21 y Catalina, de 14) que registrar Chile, sus paisajes, su cultura y su gente. Y con la misma determinación y rigurosidad con que decidió dedicar su vida a su familia y trabajo, se enfocó en crear proyectos que le permitieran viajar por el territorio nacional, fotografiarlo y compartir esas imágenes en libros, la gran mayoría por encargo y varios de ellos publicados por Editorial Travesía, que formó en sociedad con su madre.

La cultura de la aviación lo apasiona. Piloto, tal como lo fue su abuelo y lo sigue siendo su padre, disfruta “mirarnos desde arriba”, como dice, documentar nuestra naturaleza y geografía desde lo alto, para captar sus trazados, sus formas caprichosas, sus colores y abismos. Y para ello pide volar bajo y lento, metiéndose en los valles, dando vueltas. “Me fascina el desafío de los vuelos complejos, porque permiten ingresar a una perspectiva visual particular. El ruido del motor, los audífonos, abrir la puerta y escuchar el viento, sentir la temperatura… te meten en otra dimensión”. Y aunque ha pasado un par de sustos grandes, como cuando sobrevolaba en círculo la cumbre del volcán Copiapó y al piloto se le apagó el motor del avión, o cuando a 6.500 pies sobre el lago Titicaca, volando en un bimotor Piper Seneca, se encontraron con un cúmulo de peligrosas nubes convectivas, disfruta la experiencia, consciente de todos los riesgos. “Estar arriba me ha permitido desarrollar un discurso crítico sobre lo que estamos haciendo con nuestro patrimonio natural. Porque desde la altura se ve muy claro cómo la naturaleza subsidia lo que llamamos desarrollo”.

Cada una de estas expediciones las planifica con rigurosidad, minuto a minuto, sobre todo las que incluyen horas de vuelo. Nada deja al azar, incluido lo que se va a comer. Su madre, que muchas veces lo acompaña en estas travesías, recuerda un viaje en helicóptero a Hornopirén, Región de Los Lagos, en el que Guy llevó una olla y una pequeña cocinilla. “El alemán que piloteaba no pudo creer que preparáramos una carne a la parrilla acompañada de ravioles. Le gusta cocinar y es bien gourmet”, dice. Por eso es que, cuando cuenta con presupuesto, lleva un asistente cuya misión es “conversar, manejar y cocinar”, dice Guy.

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